La sensación de inseguridad mantiene a la sociedad salvadoreña en situación angustiosa que hay que corregir

Lo que vivimos tiene profundas raíces actitudinales y procedimentales, y hay que llegar a dichas raíces para emprender cuanto antes los correctivos del caso.
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Es claro, sin ningún género de duda, que la inseguridad se ha venido convirtiendo en el principal problema que afronta la sociedad salvadoreña en el presente. El fenómeno como tal no es nuevo, pues desde bastante antes de que se desatara el conflicto bélico la violencia empezó a hacerse sentir en el ambiente de manera cada vez más agresiva; pero una vez concluida la guerra todo hacía pensar que El Salvador pasaría a una era de reconciliación y de pacificación verdaderas. Es cierto que la violencia política, cuyo impacto fue tan dominante por tanto tiempo, dejó de existir de manera ejemplar; pero, al no haber tomado las previsiones psicosociales y políticoestructurales que la misma realidad hacía indispensables, nuevas formas de violencia comenzaron a manifestarse, y son hoy un mal extendido sin control.

En este momento, la sociedad en su conjunto se ha vuelto rehén de la criminalidad que campea por todas partes. La desesperación ciudadana frente a semejante estado de cosas se hace cada vez más visible, pero al mismo tiempo aumenta el temor a acogerse al amparo de la ley, porque uno de los sentires más presentes en el ánimo de la ciudadanía es el que grafica la desconfianza ante el comportamiento de la autoridad, debido a que ésta se ha visto notoriamente a la defensiva frente a una criminalidad que ataca con creciente impulso ofensivo, aun a las mismos representantes de la autoridad. En los días más recientes se ha percibido más acción por parte de los que tienen que imponer la ley en el terreno, pero está por verse si esto se traduce de veras en una estrategia consistente y de resultados sostenidos.

Según resultados de la encuesta respectiva de LPG Datos, el 73 % de los salvadoreños califica la situación nacional en lo que a inseguridad se refiere como mala o muy mala. Esta es una cifra que tendría que mover no sólo a reflexión en serio sino a acción en concreto. Y es que más allá de las cifras en sí, que pueden ser cambiantes en los sucesivos momentos, no es posible evadir la responsabilidad que trae consigo el hecho de que la sensación de inseguridad sea tan generalizada y se mantenga en forma permanente, porque esto es lo que más daño causa en lo que al país se refiere.

Y tal sensación ha llegado al punto en que la ciudadanía victimizada tiende a retraerse en lo que a denuncia corresponde, de seguro por un doble motivo: porque no tiene suficiente confianza en el actuar institucional y porque el asedio de la criminalidad va ganando capacidad intimidatoria. En el vivir cotidiano de las comunidades, los riesgos que implica para el ciudadano encarar al crimen organizado son devastadores; y ahí está sin duda la explicación de por qué sólo una tercera parte de las víctimas se anima a denunciar el ataque que ha sufrido. Esto habría que dilucidarlo puntualmente con una investigación a fondo, que contemple los movimientos del crimen y las reacciones que los mismos generan en el ánimo y en las actitudes del ciudadano común.

Como se dice en lenguaje coloquial, la pelota del juego está hoy y viene estando desde hace mucho en la cancha del sistema institucional. Lo que vivimos tiene profundas raíces actitudinales y procedimentales, y hay que llegar a dichas raíces para emprender cuanto antes los correctivos del caso. El Estado de Derecho tiene que imponerse, porque de lo contrario estaríamos dejando que el estado de inseguridad siga haciendo de las suyas con impunidad manifiesta. Lo primero será devolverle a la ciudadanía la confianza en las leyes y en las instituciones.

Tags:

  • inseguridad
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