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La sociedad que tenemos... la educación que queremos

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Óscar Godoy

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El desorden e ineficiencia del Ministerio de Educación es resultado de una década en la que prevaleció la ineptitud y la falta de seriedad en la conducción de una de las principales agencias para construir la ciudadanía.

Ya arrastrábamos un déficit de calidad en el producto social generado por el sistema educativo; ya veníamos con una oleada de egresados sin sentido crítico, capaces de saber leer y escribir, pero incapaces de comprender y cuestionar la realidad. Se ha venido reproduciendo una sociedad sin sentido de racionalidad, movilizada fácilmente desde maquinarias ideológicas que la manipulan y que le inhiben el uso de la capacidad de pensar, de ahí que su aporte social al proceso histórico del país sea casi nulo.

Es deber del sistema educativo moldear una sociedad coherente con los momentos históricos que vamos viviendo; coherente significa –en este contexto– una sociedad cuyo nivel de conciencia esté por encima de la muchedumbre ágrafa, consumista, acrítica, agresiva e intolerante, una sociedad con las competencias (cognitivas, procedimentales y actitudinales) suficientes para empujar positivamente a este país.

Esta sociedad está alejada de ser racional y razonable, alejada de ser "ciudadanía-agencia" (transformadora) como lo pide Guillermo O'donnell, es decir, que funcione en coherencia con el sistema democrático. Es una sociedad víctima de los excesos ideológicos promovidos desde los partidos políticos, las sectas y la industria del entretenimiento vacuo (como el fútbol, los comediantes de turno, el reggaetón y los alaridos de la música grupera) además de estar cruelmente atenazada por las deudas.

La sociedad que tenemos no es apta para la democracia y la lucha por la justicia social; es una sociedad suspendida en la nada, retrasada por circunstancia o por el diseño de mentes perversas que ven en la muchedumbre un caudal de consumidores, de votantes, de diezmistas y de mano de obra barata, esa es la sociedad que debemos transformar. La exigencia –entonces– es que el sistema educativo se oriente a formar "personas desarrolladas", competentes para pensar, para comprender y para actuar, personas que se ubiquen –sin alienación– en la posibilidad real de querer ser, de poder ser y de ser en un contexto democrático.

El Ministerio de Educación debería tomar el liderazgo para formar el nuevo ciudadano, es decir, a la "persona desarrollada", a la persona asertiva, reflexiva y productiva; que sea capaz de leer y escribir pero que comprenda lo que lee y escribe. Se pide una educación transformadora, liberadora, cuyo output sea un ciudadano con sentido histórico y con una visión científica y holística del mundo, abierto a la diversidad social y cultural, que tenga un mínimo de sentido estético y que haga de la convivencia social una práctica armoniosa y solidaria, sensible a los problemas del medio ambiente y hábil para manejar con asertividad sus emociones y frustraciones cotidianas.

Se pide una política educativa orientada hacia un ciudadano dotado de razón crítica y de destreza técnica suficiente para incidir positivamente en la sociedad, en el entendido de que es el ciudadano el portador de los derechos civiles, políticos y sociales que describe la Constitución, y que del modo en que haga uso de esos derechos será la calidad de su participación y de su toma de decisiones (de nuevo O'donnell). Es por eso que vale preguntar: ¿Están comprometidas las autoridades de Educación en trabajar por una sociedad desarrollada y reducir el número de personas que –con el teléfono en mano– repiten sin analizar lo que repiten? Si es así estoy seguro ya no vendrá Horacio Castellanos Moya a cuestionar nuestra "salvadoreñidad" –como lo hizo en "El Asco".

Tags:

  • educación
  • sociedad coherente
  • justicia social
  • nuevo ciudadano

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