La sociedad salvadoreña está necesitando insumos morales suficientes para tener capacidad de salir adelante

La gravedad de los problemas que tenemos pendientes es el mejor motor en la vía del progreso con valores, que es el que conduce a un mejor destino. Ya transitamos todos los atajos de la irresponsabilidad y los efectos están a la vista.
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En el ambiente del país prevalecen sensaciones y percepciones crecientemente negativas, que se vuelven obstáculos de alto poder y de alto riesgo para el buen desarrollo de la vida nacional en todo sentido. Esto es producto de la incidencia de muchos factores que han venido haciéndose sentir desde hace ya largo tiempo, y a los cuales no se les ha dado el tratamiento adecuado para evitar que sigan actuando contra la normalidad necesaria para asegurar estabilidad y garantizar progreso. Como hemos señalado cada vez que se hace oportuno, si algo nos ha hecho despistarnos en la ruta del proceso nacional ha sido la permanente desatención a las señales de los tiempos tanto internas como externas, y por eso vamos a la deriva, cuando lo que la razón y la realidad nos demandan desde siempre es apuntar a metas precisas y alcanzables, que estén desde luego en directa concordancia con los impulsos constructores del progreso y con los intereses más sentidos de la población.

Toda negatividad se vuelve factor de retroceso, independientemente de las convicciones y los argumentos que la acompañen. Y es que lo negativo nunca logra salir de sus círculos viciosos, en los que se están revolviendo siempre los virus de la autodestrucción. No se trata, por supuesto, de sustituir la negatividad con la ingenuidad que también se niega a ver las cosas como son, sino de poner en movimiento el realismo estimulante, que es el único capaz de desatar auténticas energías de futuro.

Los trastornos acumulados en el curso de los tiempos más recientes han traído un impulso de renovación depuradora que debe ser asumido como un signo muy prometedor. Temas como la transparencia y la probidad estuvieron siempre escondidos en las gavetas más celosamente guardadas por el poder. Ahora lo que empieza a estar en crisis es la impunidad; y aunque en ese campo hay muchísimo trabajo por hacer, lo que se está viendo en distintas áreas del quehacer público da al menos confianza elemental en que las instituciones van orientándose constructivamente en la ruta de hacer su tarea en forma cada vez más responsable. Ha habido muchos cuestionamientos al respecto y es hora de rectificar en serio.

La moralización en los diversos ámbitos y aspectos de la vida nacional es un ejercicio que debe ser impulsado de manera orgánica, hasta sentar las bases ciertas y sólidas de una nueva cultura del buen comportamiento tanto social como institucional. La gravedad de los problemas que tenemos pendientes es el mejor motor en la vía del progreso con valores, que es el que conduce a un mejor destino. Ya transitamos todos los atajos de la irresponsabilidad y los efectos están a la vista.

El buen comportamiento deja réditos significativos a la corta y a la larga. Lo más importante, en cualquier caso, es tomar la moral como brújula de todas las acciones y reacciones de la vida, sean cuales fueren las condiciones en que ésta se mueve. Si eso se convierte en regla generalizada de conducta sin duda alguna nos iremos encaminando hacia El Salvador que queremos y merecemos, por encima de cualquier diferencia.

Hay que dejar atrás, de una vez por todas, la vieja adicción a las mañas abusivas y a las maniobras oscuras. Específicamente en lo que a la política se refiere, hay que evolucionar hacia la limpieza y el buen juicio, puestos ambos al servicio directo del bien común.

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