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La solución está en el centro

ARENA cerró el año 2012 pasando del primero al segundo lugar en las encuestas, y con su candidato presidencial derrumbándose en 30 puntos en cuanto a su caudal de opiniones favorables.
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Pero hay que recordar que en 2009 era el FMLN el que llevaba la delantera por casi 20 puntos de ventaja y que luego comenzó a caer en picada. También hay que remarcar que el actual emparejamiento se debe a la caída del candidato arenero y no al crecimiento de su adversario efemelenista.

Ahora la diferencia entre ambos partidos y sus respectivos presidenciables roza el margen de error de las mediciones y constituye, por tanto, un empate técnico en la zona aproximada del 30% de las preferencias para cada uno. Tales números expresan la situación coyuntural de esos dos partidos, pero son el efecto y no la causa de esa situación. La explicación no está en el plano aritmético, sino en el político.

ARENA y el FMLN han experimentado en forma paralela procesos semejantes y han terminado por parecerse y presentar el mismo cuadro de agotamiento de sus otrora vigorosas propuestas. Como ya lo hemos señalado, el problema básico consiste en que ninguno de esos partidos ha sido capaz de renovar sus idearios surgidos al calor de la guerra fría y de la guerra civil interna, quedándose anclados en el anticomunismo en un caso y en el antineoliberalismo en el otro, es decir, en el sectarismo y la consecuente polarización.

En segundo lugar, al actuar como meras maquinarias electorales, guiadas por el afán de preservar o de conquistar el poder para ponerlo al servicio de los intereses faccionales, y no por un proyecto de desarrollo nacional incluyente, cancelaron el debate político interno. En esas condiciones, las cúpulas de ambos partidos se entronizaron y estigmatizaron todo intento de renovación y, con el pretexto de garantizar la unidad, terminaron por confiscar a la militancia el derecho de elegir a sus dirigentes y a sus candidatos.

Así llegamos a este momento en que la debilidad de sus candidaturas (una que se derrumba y la otra que no levanta, tal como lo muestran palmariamente las encuestas) se explica en lo sustantivo porque no surgieron del consenso de las bases partidarias, sino de la imposición de las cúpulas. Por otra parte, el factor “anti”, que solo polariza y convence a los ya convencidos, ni suma nuevas adhesiones ni alcanza para formular programas que vayan más allá de las consabidas promesas demagógicas de campaña.

Lo mejor de la tradición de la derecha es su defensa de las libertades. Lo mejor de la tradición de la izquierda es su aspiración a la justicia social. La trampa de la polarización consiste en presentar ambos ideales como extremos irreconciliables, y en ese fundamentalismo la libertad se traduce en abuso del más fuerte, en tanto que la aspiración a la justicia social degenera en un igualitarismo artificial que se intenta imponer desde arriba y socava a la democracia.

La solución entonces se encuentra en la posibilidad de armonizar e integrar esos dos ideales en un programa de consenso que permita la confluencia, en el centro, de los sectores moderados tanto de derecha como de izquierda. Nuestro país ya no puede seguir siendo la víctima del pleito permanente y paralizante entre dos extremas ideológicas anacrónicas.

El análisis del contexto histórico y político, complementado con el examen de las encuestas, permite prever que, en los próximos meses, seremos testigos de dos fenómenos: por una parte, el agudizamiento de las contradicciones internas en las extremas, a fuerza de acumulación de sucesivas crisis postergadas pero no resueltas; y por otra parte, el fortalecimiento vertiginoso de la tercera opción.

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