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La supuesta misión de la política

La política tiene la misión de consagración y de servicio a los demás, lo cual lleva implícito una actitud de entrega desinteresada para satisfacer los intereses colectivos de una colectividad.
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Esta misión se concreta cuando las personas que practican la política se asocian a una entidad comúnmente llamado partido, que compite en una campaña u “esfuerzo organizado para influir en la decisión de los ciudadanos”: para alcanzar poder. Esas campañas resultan ser una combinación de elementos identificados con mensaje, dinero y activismo.

En países desarrollados pareciera que la política es reconocida como ciencia; quizá una ciencia joven. “Entendiendo como ciencia el conjunto de conocimientos metódicamente elaborados sobre la realidad; y como política el estudio de la conducta social”. Definitivamente no es una ciencia exacta como lo aseveran muchos, quienes más bien la identifican con el conjunto de conocimientos razonablemente coherentes. Podría ser una ciencia siempre y cuando los involucrados en ese quehacer utilizasen métodos de investigación sistematizados para enterarse de la realidad que pretenden mejorar.

En países subdesarrollados o en permanente búsqueda de desarrollo, la política difícilmente puede identificarse como ciencia, ni tan siquiera como disciplina; más precisamente se constituye en una alternativa de ocupación u oficio, bien remunerado. Las personas que deciden enrolarse en un partido no lo hacen precisamente por simpatía a la organización; existe un objetivo ulterior: de optar a un empleo que no requiere conocimiento especializado y sí la posibilidad de poder por el poder mismo.

La ausencia de una misión de la política, sobre todo en países subdesarrollados, trae como consecuencia la abundancia de los apolíticos o sea los que sienten, e incluso lo expresan, apatía por la política, como suele ponerse en evidencia en nuestro medio. Carecen de ideología política definida y no muestran ningún interés por asuntos relacionados con esta práctica. Estos individuos se consideran ciudadanos, con deberes, pero no necesariamente con obligaciones. Ello explica el abundante absentismo o abstencionismo en los eventos electorales.

Existe otra clase, los apartidistas, quienes declaran no pertenecer a ninguna agrupación o no estar adscrito a ningún partido político existente y lo manifiestan, lo cual les confiere una credibilidad o connotación de opinión desinteresada en sus manifestaciones del deber ser de las cosas o en sus planteamientos de solución de los problemas que aquejan a una sociedad determinada.

Se da el caso de que estos últimos puedan tener simpatía por una ideología en una concepción específica, como el socialismo a manera de ejemplo, que contrarresta el individualismo como sinónimo de egoísmo o como aquella connotación que conlleva una planificación y una organización colectiva consciente de los problemas socio, económicos, políticos y culturales de una sociedad en particular o como manifestó el francés Pierre Leroux, “un socialismo que no sacrifique ninguno de los términos de la fórmula: libertad, fraternidad, igualdad y unidad, sino más bien los combine.

Pero concretando, la política de consagración, de entrega desinteresada y de eterna búsqueda de los intereses colectivos es utilizada como estándar, para practicar la politiquería de objetivos egoístas y mezquinos; tergiversación, culpable de que muchos individuos bien calificados abandonen el escenario público y se refugien en el exitoso egoísmo de sus actividades privadas, robándole o escamoteándole a la vida pública el aporte de sus luces. Con mucha frecuencia esos potenciales y desinteresados patriotas son suplantados por audaces, apátridas, sin bandera y por el contrario con un interés individual manifiesto de lucro personal. También la política, como otras supuestas ciencias, requieren de un renacer en muchos países, incluyendo El Salvador por supuesto.

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  • politica
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