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La tercera

Vehículo de contenido diverso, a veces siniestro y la mayoría de las veces mediocre, los salvadoreños nos acostumbramos al concepto de “tercera fuerza” después de escucharlo durante los últimos 25 años.

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Cristian Villalta / Gerente de El Gráfico

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A partir de 1994, la pugna electoral ha consistido en el choque de ARENA contra el FMLN; el resto del espectro político, incluso el abiertamente alineado a favor del oficialismo de turno, se sometió a esa lógica bipartidista y cada uno de esos reductos, desde el PDC de Chávez Mena hasta este GANA de Guillermo Gallegos, se proclamó poco convincentemente como tercera vía para administrar el Estado.

En apariencia, el único denominador común de estas opciones fue en los “highlights” de su discurso, que todavía suele incluir las promesas de “neutralizar a las extremas, asegurar la gobernabilidad y acabar con la polarización”.

Hay más coincidencias, no obstante, con independencia de los matices ideológicos entre el PDC post-Duarte, este PCN de inspiración civil, esa criatura saquista llamada GANA e incluso los esfuerzos que uno creería son sus antípodas –el CD, el extinto PD de Villalobos, el PSD, etcétera. Todos, sin excepción, son una función de la misma estructura institucional.

Ninguno de esos institutos planteó en su ideario una conmoción del sistema de partidos, una reorganización profunda del aparato público y mucho menos un cambio en el modo en que los poderes fácticos se relacionan con el Estado. Al contrario, su ejercicio no pretende trastocar el sistema político y sus filones filosóficos, aun los más extremistas, se traducen en enmiendas a los usos gubernamentales, nunca en una ruptura.

Dicho de otro modo, alrededor de ARENA y el FMLN se tejió una corte tan plural como le cupo a la sociedad salvadoreña luego del agotamiento de la guerra civil. Algunos de esos movimientos, pensadores y partidos entendieron que lo perfectible no es la democracia, sino la orientación del Estado o, en la grada siguiente, el funcionamiento del Gobierno o las relaciones entre los poderes públicos. Otros se acomodaron a ser solo peones de una aritmética legislativa y a constituirse en facciones de cualquier oficialismo.

En común, todos esos actores tuvieron unos líderes más prácticos que idealistas, que paulatinamente fueron exorcizando los demonios de una sociedad conservadora como la nuestra, haciéndole entender que la competencia de contraideales no era atentatoria contra la democracia.

Lamentablemente, en la práctica ejecutiva los partidos mayoritarios han sido incompetentes en el combate a la marginalidad y a la violencia, y sus objetivos no están conectados con las ansiedades de los votantes más jóvenes.

Y en esa encrucijada estamos, sin saber si el repudio a estos partidos políticos empujará a la nueva generación de ciudadanos a repudiar también a la democracia. Esos salvadoreños se hartaron de la politización de la sociedad. Y con razón. El bipartidismo no dota de flexibilidad, dinámica de cambio y tolerancia a ninguna nación, pero en otros países una sociedad civil vigorosa combate al dogmatismo, a la radicalización y a la parálisis social que nos aqueja.

Hay mucho, demasiado de histrionismo electoral en el ambiente, exceso de declaraciones apocalípticas, analistas saliendo del clóset y periodistas entrando a él. Pero por las deficiencias apuntadas, también hay una fragmentación real en una opinión pública antes uniforme.

¿Los movimientos emergentes serán instrumento que subvierta nuestra democracia adolescente? ¿O serán reciclados por la lógica bipartidista en un ejercicio de táctica electoral? ¿O procesados por el sistema político tradicional y domesticados como tercera fuerza?

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