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La “tinta rosada” de los Acuerdos de Paz

Dallas, Texas. Amanece fría la mañana del 16 de enero de 1992 y una joven pareja escucha expectante que las noticias notifiquen finalmente una muy especial, esperada por el pueblo salvadoreño después de una guerra fratricida de 12 años.
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De repente, el matrimonio de compatriotas rompe lágrimas de alegría porque en las imágenes en los medios de comunicación se muestra el ansiado momento de la firma de los Acuerdos de Paz. Suenan las campanas a voleo, que son escuchadas tanto por los invitados especiales del mundo político global y nacional en el Castillo de Chapultepec, México, como por cada salvadoreño desperdigado en todos los puntos del planeta en que hay un hermano lejano, hasta llegar triunfante cada repique a los miembros de las familias que anhelan la paz de punta a punta de El Salvador: desde la más humilde casa perdida en las frías montañas de San Ignacio, Chalatenango, hasta el hogar más escondido del rancho más sencillo en las playas de La Unión.

Veinticinco años después, recordando y mirando orgullosa la historia de nuestra joven democracia, observo las fotos de ese glorioso momento en que la mayoría de los protagonistas responsables de terminar el período bélico (1980-1992) son hombres, al menos los que figuran públicamente, a excepción del romántico y equitativo gesto del entonces presidente Alfredo Cristiani, quien rompiendo el protocolo caminó hasta doña Margarita, su esposa y amiga, para darle un beso de agradecimiento por acompañarle lealmente en ese logro del país.

La mitad de la población es femenina, por eso creo firmemente que la tinta de los Acuerdos de Paz también es rosada, por eso estoy segura que detrás, al lado y por delante de las duras negociaciones para alcanzar el convenio para terminar el conflicto armado había muchas mujeres inteligentes contribuyendo eficazmente.

Según AID y el Banco Mundial, si se promueve a más mujeres en las mesas donde se toman decisiones que afectan la calidad de vida de los pueblos, se garantiza la reducción de la corrupción. A esto se suman innumerables investigaciones y documentos de tanques de pensamiento proponiendo trabajar en la prevención de la violencia y corrupción fortaleciendo a la institución familiar (ENADE, FUSADES, FUNDEMAS). Afectivamente, es en la familia donde con la mujer se comienza la educación moral de la ciudadanía y, por ende, es con ella que se crea por excelencia el capital social.

Escuchando los discursos de Meghan Markle (2016) y Emma Watson (2014), embajadoras de ONU Mujeres y de la campaña #HeForShe para llegar a la paridad entre ambos géneros para 2030, me identifico con ellas. Considero que debemos promover los derechos humanos porque considero que mi vida ha sido privilegiada con hombres sensatos e inteligentes que me enseñaron a tener muchos sueños y volar para alcanzarlos, contando entre esos mentores a mi papa, hermanos, esposo, así como a colegas de gremiales y de directivas de ONG y política, quienes sin saberlo fueron embajadores de la búsqueda de respeto, colaboración y corresponsabilidad entre hombres y mujeres.

Quisiera animar a realizar un nuevo acuerdo de paz con mayor protagonismo de tinta rosada, aceptando como nación el reto de incluir a más mujeres en la alta dirección tanto del sector político como de la empresa privada, la academia y en las próximas candidaturas electorales.

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