La tolerancia y el buen trato: fundamentales para la sana convivencia

La sociedad salvadoreña nunca se entrenó en las prácticas del autocontrol, sino más bien ha vivido lo contrario a lo largo del tiempo: una reiterada experiencia de intolerancia, directamente vinculada con el ejercicio abusivo del poder en todas sus formas.
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La democracia no es sólo un manual para tratar y resolver problemas de la realidad por la vía del juego armonioso del poder: es también un catálogo de normas de comportamiento que hacen posible que aquel manual pueda surtir efecto en los hechos. Y todo ello implica prepararse para interactuar, ya que la interacción es insoslayable cuando se está dentro del juego democrático, como es el caso de nuestro país desde hace ya más de tres decenios. Esa preparación indispensable no se hace en ninguna escuela o academia, porque en la política ocurre como en la vida familiar: todos llegan empíricos y así tienen que desenvolverse. No es de extrañar, entonces, que haya tanto trastorno de conducta, con los efectos de desajuste que vemos en el día a día en todas partes. Familias disfuncionales y prácticas públicas disfuncionales.

La sociedad salvadoreña nunca se entrenó en las prácticas del autocontrol, sino más bien ha vivido lo contrario a lo largo del tiempo: una reiterada experiencia de intolerancia, directamente vinculada con el ejercicio abusivo del poder en todas sus formas. Socialmente, machismo cabalgante; económicamente, egoísmo sin contemplaciones; políticamente, autoritarismo rústico. De ahí resulta la sulfurosa conflictividad que se nos vino instalando en el ambiente hasta desembocar en la lucha fratricida. Sin embargo, por debajo nunca dejaron de fluir las energías positivas, y por eso logramos pasar de la guerra a la paz en un tránsito ejemplar. Insistimos en esto último para demostrar que no estamos condenados al desgarramiento perpetuo: nuestra sociedad tiene recursos anímicos disponibles para salir adelante.

Cuando los salvadoreños optamos por el método democrático, implícitamente nos estábamos comprometiendo a manejar nuestras cosas con habilidad funcional en todos los órdenes. Y tal opción implica gestionar la tolerancia y aplicar el buen trato. Poner eso en marcha no se logra mecánicamente: hay que trabajar la voluntad y administrar la conducta. Es decir, se requiere una formación que debió ser elemental, en función de una vida bien vivida. Para que haya tolerancia es preciso educar el carácter; para que haya buen trato es indispensable controlar las emociones. En el día a día, vemos a cada instante todo lo contrario. Y los políticos son la mejor vitrina de tales distorsiones. Quizás siguen creyendo que ser intolerantes les genera réditos de imagen; a lo mejor persisten en la convicción de que disparar las reacciones demuestra valentía.

La sabiduría popular tiene al respecto algunos mandatos que son básicos para hacer que las relaciones humanas fluyan lo más naturalmente posible. Recordemos algunos de esos mandatos, que son tan claros como el agua de manantial: “La mejor palabra es la que no se dice”. “A palabras necias, oídos sordos”. “El que mucho habla, mucho yerra”. Son consejos referidos al uso de las palabras, que son una herramienta vital que a cada instante pervertimos por irresponsabilidad o por desahogo. Y la palabra tiene un efecto en el que casi nunca se repara: una vez dicha, no se recoge. Queda ahí, con todos sus filos si es que los tuvo; con todos sus bálsamos si es que los prodigó. Nuestra primera tarea debería ser el aprendizaje del poder y del valor de la palabra. No desperdiciarla, no ensuciarla, no quebrantarla.

Estamos en campaña presidencial, y es un momento en que las palabras adquieren protagonismo muy especial. Los ciudadanos tendríamos que estar muy atentos al uso que hacen los postulantes tanto de la palabra como del silencio. Y también de la forma en que se tratan entre sí. Recuérdese que los que ahora están en la competencia mañana pueden estar en el poder, y es de muy alta importancia hacer mediciones precautorias sobre el comportamiento futuro de los que aspiran. Quisiéramos ver equilibrio, sensatez, autocontrol, inspiración, lucidez, para hacer valoraciones que anticipen el desempeño posterior posible. De prometer nadie se queda pobre, dice la multicitada sabiduría popular; y también: lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta. Ya no queremos promesas como luces de bengala sino compromisos que traigan consigo sus mecanismos de verificación.

El progreso no sólo se potencia y se dinamiza con programas y proyectos: requiere, en su base, actitudes y formas de acción. Hay que monitorear las actitudes y poner en examen las formas de acción. Este es el ejercicio que moderniza de veras a cualquier sociedad. Quedemos claros en que el progreso necesita desde luego plataforma política, y tal plataforma, para que funcione como se debe, tiene que hallarse bien arraigada en el terreno social y cultural, que es donde la vida personal y comunitaria tiene sus más hondas raíces.

Tags:

  • comportamiento
  • disfuncionales y practicas
  • implicitamente

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