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La transparencia es indispensable para la salud dela democracia

No es, por supuesto, un esfuerzo que puede concebirse ni enfocarse de modo unilateral o sectorial. Aquí todos estamos llamados a hacer nuestra participación activa y comprometida.
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Aunque es de reconocer que en el tema de la transparencia viene habiendo un progresivo avance, nuestra realidad aún muestra muchas zonas penumbrosas y diversas resistencias en el ámbito institucional. Como se ha reiterado tantas veces, la transparencia es connatural a la democracia, y por ende no se trata de una apuesta opcional, sino de un requisito básico para que el proceso de modernización que vivimos en todos los órdenes vaya perfeccionándose y consolidándose de manera constante y segura. Para ello es insoslayable que se fortalezcan, al mismo tiempo, la cultura del respeto a la legalidad y la voluntad de funcionar al servicio del bien común.

Cuando se habla de transparencia lo que se enfoca de inmediato es la necesidad de que en el sector público existan los mecanismos para que desde afuera se pueda tener acceso al comportamiento de las instituciones y de las personas que las manejan o participan de ellas, así como a las salvaguardas para que tal acceso pueda ser completo y eficaz. Pero en realidad debe partirse de una consideración más amplia del tema, ya que es la sociedad en su conjunto la que debe estar regida por criterios y prácticas de corrección, de moralidad y de legalidad debidamente comprobables. Hay, pues, en la base de todo esto, un factor cultural que no puede ser dejado de lado.

En nuestra forma tradicional de ser comunidad y de vivir el ejercicio comunitario, han tendido a prevalecer los abusos de poder y las maniobras de los intereses, y eso ha hecho que el bien común se mantenga en una especie de zona etérea a la que sólo tienen acceso las palabras. Necesitamos, pues, hacer que el bien común y el interés nacional, que al final de cuentas son las dos caras de una misma moneda, logren instalarse definitivamente en el plano de los hechos. Esto sólo podrá lograrse cuando la cultura de la transparencia deje de ser instrumental y se convierta en parte viva del comportamiento nacional en todos los órdenes y sentidos. Tenemos una ley de acceso a la información pública; tenemos ya constituido el instituto que la ley establece, luego de grandes resistencias para darle cumplimiento a tal disposición; tenemos una exigencia ciudadana permanente para que la transparencia deje de ser propósito y se vuelva realidad sin reservas. Vamos, pues, en el camino indicado. Falta, desde luego, que todo eso se convierta en actitud y en práctica normales en el ambiente, y que tanto el Estado como las distintas instituciones y organizaciones, así como todos los componentes de la sociedad civil, asuman estas nuevas responsabilidades con la naturalidad que la democracia prescribe.

No es, por supuesto, un esfuerzo que puede concebirse ni enfocarse de modo unilateral o sectorial. Aquí todos estamos llamados a hacer nuestra participación activa y comprometida. El objetivo último es perfeccionar la vivencia democrática en pleno, dejando al margen todas las recurrencias del viejo estilo autoritario. La transparencia es expresión viva de la democracia en movimiento. Y, por consiguiente, su efectiva vigencia constituye la prueba más fehaciente de que el régimen democrático funciona, aun con las imperfecciones propias de una dinámica que se va definiendo y habilitando en el día a día.

En las circunstancias actuales, cuando el tema de la transparencia parece abrirse camino entre las marañas y malezas de lo real, resulta más necesario que nunca mantener la vigilancia activa y sin descanso. Es el ojo ciudadano el que más puede al respecto.

Tags:

  • Transparencia
  • modernización
  • Estado

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