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La única forma de superar de veras los impases existentes está en decidirse a cumplir las responsabilidades de manera sistemática y consensuada cuando sea necesario

La densidad de la problemática nacional no tratada como se debe tiene al país en crisis recurrente, y para revertir esa dinámica tortuosa es preciso tomar verdaderamente en serio lo que le corresponde hacer a cada quien...
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Al echar una ojeada panorámica sobre lo que está pasando en el país en relación con los problemas existentes, muchos de ellos persistentes, la sensación que queda de inmediato es de una especie de confusión generalizada, porque las cosas que están pendientes no sólo son de la más variada índole sino que tienen diferentes dimensiones y expresiones en el tiempo. Al haber dejado estar los esfuerzos para resolver problemas, éstos tienden a convertirse en un amasijo cada vez más complicado y fuera de control. A estas alturas, las cuestiones estructurales y coyunturales se hallan revueltas en el día a día, y así es mucho más difícil encontrar los hilos de las soluciones convenientes y hacederas.

Tomemos el caso de la falta de pago puntual del FODES, que ahora mismo ha llegado a ser manifestación de exigencia en las calles, porque las alcaldías que sufren el retraso reiterado de los aportes que les corresponden están en muchos sentidos llegando al nivel del ahogo. El FODES no es una concesión graciosa que dependa de la voluntad circunstancial de alguien sino una obligación establecida por la ley, y por tanto enteramente previsible. Por consiguiente, ese porcentaje presupuestario del 8% que se destina al FODES debe estar siempre disponible. El hecho de que no lo esté y de que se pretenda cubrir el costo por la vía del endeudamiento es una expresión de que se dejan vacíos injustificados que luego se vuelven conflictos enteramente previsibles.

Tendríamos que partir de una base incuestionable: la gestión pública, en todas las formas de la misma, es una tarea múltiple, que se expresa de las más variadas maneras. Están, en primer término, las obligaciones por cumplir, las cuales deben recibir la atención precisa que el régimen legal establece; y en lo que a ellas corresponde no puede haber excusa que valga, porque de lo contrario es la credibilidad del sistema la que se pone en cuestión, con los graves efectos erosivos que eso acarrea. Algunos puntos específicos como la adquisición de deuda pública, tienen que manejarse de manera estrictamente responsable, y sólo para lo que sea permitido. Entre nosotros se ha vuelto práctica viciosa acudir al endeudamiento bajo cualquier pretexto y por cualquier ocurrencia, lo cual conlleva riesgos de insostenibilidad como los que ahora nos ahogan.

En el momento actual, lo que se impone es entrar en la vía de la racionalidad tanto en lo referente a las relaciones políticas como en lo tocante al tratamiento de los problemas. Desde todos los ángulos se hace evidente que ya no podemos seguir como estamos, porque de mantenernos así el peligro de la inviabilidad del sistema irá desactivándolo todo. Este no es un criterio alarmista ni una percepción interesada en ningún sentido sino el enfoque que proviene del análisis realista de lo que está pasando y de lo que podría derivar de lo que está pasando. La densidad de la problemática nacional no tratada como se debe tiene al país en crisis recurrente, y para revertir esa dinámica tortuosa es preciso tomar verdaderamente en serio lo que le corresponde hacer a cada quien, esté en el gobierno, en la oposición o en los distintos espacios ciudadanos.

Continuar en la fragmentación improvisadora es la peor opción de todas las que se hallan sobre el tapete. Desde luego, para entrar en la dirección correcta se requiere asumir el método de la integralidad bien conducida. Mantenerse en la conflictividad estéril es apostarle al retroceso. Hay que salir a la luz de las buenas prácticas en todo sentido.

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