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La única vía segura para mejorar las condiciones de vida de la población consiste en generar más crecimiento económico real y sostenido

Cada año unas 60,000 personas se suman a los que necesitan y buscan trabajo en nuestro país, y las escasísimas oportunidades de conseguirlo hacen que la corriente migratoria siga siendo tan caudalosa y las tentaciones de incorporarse a las redes del crimen tengan tanto pegue sobre todo entre los jóvenes.
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Según datos proporcionados por FUSADES en su más reciente Informe de coyuntura económica, la pobreza se incrementó en el país en un 2.4% durante 2014, con lo cual un estimado de 192,000 personas se unieron al gran contingente de los que sufren condiciones de vida cada vez más difíciles. La perniciosa combinación del aumento en el costo de la vida y la persistencia de la baja en el empleo disponible constituye el factor más determinante para que nos encontremos en las adversas condiciones actuales. De seguro seguirá habiendo discusión de cifras en el ambiente, porque sobre todo en los ámbitos oficiales hay mucha resistencia a reconocer que las cosas no están bien ni van bien; pero lo cierto es que las estrecheces y las carencias se viven en el día a día de la gente, y en el sentir ciudadano está la medición más reveladora de lo que verdaderamente ocurre en el ambiente nacional.

Cada año unas 60,000 personas se suman a los que necesitan y buscan trabajo en nuestro país, y las escasísimas oportunidades de conseguirlo hacen que la corriente migratoria siga siendo tan caudalosa y las tentaciones de incorporarse a las redes del crimen tengan tanto pegue sobre todo entre los jóvenes. Al enfrentarnos a este panorama, que es una fuente constante de desafíos para la normalidad y para la seguridad, lo primero que habría que hacer es decidirse a ver la realidad tal cual es, sin tratar de activar excusas puramente políticas de ocasión ni intentar desconocer las verdaderas causas del fenómeno con fines ideológicos.

Como hemos sostenido cuantas veces ha sido oportuno, lo que necesitamos en el país es una estrategia realista y efectiva para relanzar el crecimiento económico. Eso sólo podrá lograrse si se dejan atrás los prejuicios doctrinarios del pasado, se abandona toda demagogia populista y se trabaja en serio y de manera consensuada para que la economía arranque con todas sus potencialidades en una atmósfera de confianza, de creatividad y de esfuerzos compartidos. No puede haber buen vivir si no hay buen hacer; y no puede haber buen hacer si se parte de visiones segadas, de confrontaciones estériles y de conceptos obsoletos por su probado efecto contraproducente, como ese de que el Estado debe controlarlo todo para que los privados no se aprovechen.

El Salvador, igual que todos los países, tiene limitaciones estructurales y también tiene ventajas comparativas. Nuestra falla persistente estriba en que hemos dejado crecer las limitaciones y no hemos cultivado inteligentemente las ventajas. Por eso fuimos perdiendo liderazgo en la subregión, donde antes teníamos una presencia proactiva reconocida por todos. Aunque no se puede recuperar el tiempo perdido sí es factible y necesario retomar el control de todas nuestras energías disponibles, a partir de un proyecto nacional de desarrollo que deje a un lado todas las retrancas que han venido impidiendo el paso e impulse decisivamente hacia un mejor futuro.

Se habla con insistencia de mejorar el clima de negocios y de crear verdaderos estímulos para la inversión. Hay que pasar de las palabras a los hechos, y para ello es indispensable lograr que la confianza asuma el rol que le corresponde. La conflictividad constante produce todo lo contrario: una cadena de desconfianzas e incertidumbres que se vuelve incontrolable. Estamos padeciendo este mal y pagando, como país, facturas cada vez más cargantes. Es hora de hacer valer la racionalidad, y todos estamos en el deber de contribuir en esa línea.

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