Lo más visto

Más de Opinión

La unidad básica del país es indispensable para avanzar: hay que salir de los eslóganes y pasar a los compromisos

Si algo va quedando cada vez más claro en la medida que se desarrollan los acontecimientos en esta fase de nuestra evolución nacional es el imperativo de entrar de veras en una dinámica de autorreconocimiento como sociedad con identidad y destino propios que merece dejar atrás toda oscuridad histórica para entrar en los ámbitos abiertos del progreso colectivo real.
Enlace copiado
La unidad básica del país es indispensable para avanzar: hay que salir de los eslóganes y pasar a los compromisos

La unidad básica del país es indispensable para avanzar: hay que salir de los eslóganes y pasar a los compromisos

La unidad básica del país es indispensable para avanzar: hay que salir de los eslóganes y pasar a los compromisos

La unidad básica del país es indispensable para avanzar: hay que salir de los eslóganes y pasar a los compromisos

Enlace copiado
Las circunstancias históricas adversas nos fueron llevando a la desintegración interna, a partir del hecho nefasto del desdibujamiento del sentimiento patriótico, lo cual se agudizó cuando allá por los años 60 del pasado siglo muchos de los esquemas tradicionales comenzaron a colapsar por el empuje de las avanzadas revolucionarias que estaban ganando espacios en el ambiente. Sin duda, el poder tradicional tenía mucha responsabilidad y culpa por lo que estaba pasando, pero lo desafortunado era que no se le estaba tratando de sustituir por una dinámica sana y verdaderamente democratizadora.

La retórica imperante a lo largo de la preguerra y durante la guerra se fue cargando de fanatismo ideológico y de agresividad cada vez más ofensiva en los hechos. Este era un fenómeno compartido tanto por los que ejercían autoritariamente el poder como por los que querían ejercerlo totalitariamente. No nos engañemos: en todos aquellos tiempos nadie estaba luchando con sinceridad por la democratización; todos buscaban, en primer lugar, defender privilegios o instalar privilegios. Así son prácticamente todas las guerras y sobre todo las guerras internas, que encarnan acres conflictos de familia. Esto se dice poco y se analiza mucho menos, porque nadie quiere renunciar a sus pasiones propias, sobre todo cuando éstas siguen yendo de la mano de las ilusiones y las ambiciones de poder.

Independientemente de lo que vaya ocurriendo en el desenvolvimiento evolutivo, lo que nunca puede cambiar es el hecho de que la nación es una y seguirá siéndolo siempre. De lo que hoy se trata, entonces, es de tomar la debida conciencia de que es así, para entrar en serio en un dinamismo de reconstrucción tanto mental como funcional. Lo que no se puede es continuar en el ejercicio estéril de actuar como si la “realidad real” no existiera, que es el mejor método para no llegar a ninguna parte; y entonces la misma realidad ejerce, cada vez con más soltura, su derecho a defenderse a bofetada limpia. Y lo peor es que siempre los que reciben más golpes son los que menos responsabilidad tienen en los desatinos y los trastornos que cada vez se instalan con más arraigo en el ambiente.

En el plano político lo que se necesita es pasar de los eslóganes interesados a los compromisos convincentes. En otras palabras, trascender de las palabras a los hechos. Eso es algo que, desde el punto de vista lógico, responde a lo que debe ser natural en la vida; pero cuando se ha estado inmerso por tanto tiempo –como es nuestro caso nacional– en el comportamiento ilógico, esa distorsión convertida en costumbre se autodefiende con todos los recursos que tiene a la mano.

El Salvador ha venido construyendo una plataforma de nuevo estilo desde que se desmontó el escenario bélico, que venía estando vigente desde hacía largo tiempo.

Los salvadoreños tenemos que apostarle al futuro con ánimo claramente positivo, lo cual no se consigue con sólo plantearlo y proponerlo. Es siempre un trabajo convincente por hacer. Si algo ha sido retranca a lo largo de todos los años anteriores es la acelerada expansión del desaliento social, de la desconfianza política y de la angustia económica. Todo esto hay enfocarlo y encararlo en forma sincera y decidida, y para eso se vuelve imperioso generar estímulos que le den a la ciudadanía la percepción cierta de que vamos entrando en un nuevo estado de cosas, con suficientes posibilidades de ser sostenible en el tiempo. Hay que apostarle a ganar, para que no haya escurrimientos derivados de la postración pesimista. Propongámonos ese giro renovador que sólo puede dejarnos beneficios.

Lee también

Comentarios