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La unidad es un factor clave en todos los dinamismos colectivos independientemente del tipo que fueren

En verdad, nuestro país, como ente colectivo con vida y con destino propios, está imperiosamente llamado a funcionar como tal; y ese reconocimiento debe partir del compromiso de servirle al país por medio del servicio al bien común en todas las formas y expresiones de la existencia nacional.
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En El Salvador las tendencias divisivas se han venido dando desde tiempo inmemorial, y no es casual entonces que en ningún momento de nuestro proceso evolutivo haya habido intentos fructíferos para establecer en el país una dinámica democrática que nos proporcionara estabilidad constructiva y nos permitiera un seguimiento eficaz de las distintas fases históricas. Al no haber democracia moviéndose en el ambiente, el autoritarismo hizo de las suyas durante una prolongadísima etapa nacional, que abarcó el siglo XIX desde la Independencia y casi todo el siglo XX, hasta la octava década del mismo.

La democracia inició su despliegue al mismo tiempo que la guerra acumulada se abría paso en el ambiente, y al final llegamos a la posguerra sin vencedores ni vencidos en la que continuamos inmersos, aunque ya con perspectivas de normalidad por venir. En los primeros tiempos de dicha posguerra se hablaba constantemente de reconciliación, pero sin que esto entrara de veras al plano de lo concreto. Así nos hemos mantenido en el curso de los años recientes, con grandes resistencias para entrar en serio a un esfuerzo unificador que deje atrás de una vez por todas los resabios de la conflictividad anterior.

En el momento justo que estamos viviendo los salvadoreños, la dispersión y la desconexión de esfuerzos se han vuelto retrancas inocultables que impiden el avance hacia el plano de las soluciones que tendrían que recibir los múltiples problemas que nos aquejan; y ahora hasta en el nivel político se hace impostergable activar la unidad, como vamos viendo a la luz de los desajustes y las fisuras que dejan en las estructuras partidarias las selecciones de candidatos para ir a competir en las próximas presidenciales.

Para hacer factible que la gestión de las nuevas autoridades en los tres Órganos fundamentales del Gobierno –Legislativo, Ejecutivo y Judicial–, que ya iniciaron sus relevos y que culminarán cuando el nuevo Presidente asuma su cargo el 1 de junio de 2019, pueda articularse de modo congruente con la agenda nacional que está en vigencia, es preciso poner el punto de la unidad en primera línea.

Pero dicho reclamo de unidad no se limita a los ámbitos políticos e institucionales, sino que abarca a la sociedad entera. Con ocasión de estar programada ya para el 14 de octubre próximo la canonización de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, que será el primer Santo salvadoreño reconocido formalmente como tal, el Arzobispado de San Salvador ha abogado por la unidad de los salvadoreños bajo este símbolo que no tiene precedentes entre nosotros.

En verdad, nuestro país, como ente colectivo con vida y con destino propios, está imperiosamente llamado a funcionar como tal; y ese reconocimiento debe partir del compromiso de servirle al país por medio del servicio al bien común en todas las formas y expresiones de la existencia nacional. La verdadera unidad siempre es dinámica y así tenemos que concebirla y honrarla en las distintas circunstancias que se vayan presentando en el curso de la evolución. Esto es lo que hay que enseñarles prioritariamente a las nuevas generaciones.

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