La unión hace la fuerza; la desunión genera múltiples vulnerabilidades. Y esto último es lo que vivimos los salvadoreños en carne propia

Lo que habría que habilitar cuanto antes, para que no sigamos empantanándonos en la ineficiencia, es la capacidad de entendimiento negociado entre las distintas fuerzas nacionales, comenzando por las fuerzas políticas.
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El ejercicio democrático tiene una lógica propia, que se basa el pluralismo natural que existe en toda sociedad, independientemente de cualquier otro elemento diferenciador. Y el pluralismo implica la convivencia pacífica e interactuante de los diferentes y aun de los contrarios. Al ser así las cosas, el sano desenvolvimiento de la democracia requiere que se pongan en práctica los métodos y los valores que potencian la diversidad y le sacan a la misma todos los beneficios que es capaz de producir. En nuestro caso nacional, no tenemos experiencia democrática aleccionadora en el tiempo, pero sí contamos con un logro potenciador al máximo, como fue la solución política del conflicto bélico interno.

Cuando hablamos de unión en referencia a lo que nuestro sistema está necesitando para no perder la viabilidad básica en verdad ponemos énfasis en el imperativo de alinear voluntades diversas hacia un objetivo común, que es la consecución de resultados favorables para el país en su conjunto, con todas sus diversidades incluidas. Las diferencias no son eliminables, ni tienen por qué serlo: de lo que se trata es de propiciar espacios donde la armonía básica pueda ponerse al servicio del bien común, que es en definitiva la meta a la que todos debemos aspirar y por la que todos tenemos que trabajar.

Las experiencias políticas acumuladas a lo largo de la posguerra indican, a todas luces, que el permanecer en constante voluntad de conflicto, aunque no haya motivos reales y de fondo para ello, es lo más desgastante e imposibilitante que puede haber para la marcha del proceso nacional. Y en el plano eminentemente práctico de la política representativa, ya está comprobado de sobra que dicha conflictividad debilita tanto a los que, en sucesivos momentos, están en el gobierno y en la oposición. Y, por otra parte, también queda más que demostrado en los hechos que la ciudadanía lo que quiere son soluciones reales, no choques estériles.

Ya suficientes problemas objetivos hay en el ambiente como para estar creando problemas derivados de actitudes intransigentes o de posiciones recalcitrantes, de la naturaleza o del signo que fueren. La experiencia reiteradamente vivida debería servir de argumento suficiente para que se vaya configurando en el escenario nacional un juego de fuerzas orientado a tratar problemas en forma desapasionada y desprejuiciada, porque esa es la única fórmula viable para pasar del ámbito de las improvisaciones maniobreras al plano de las soluciones consistentes.

Lo que habría que habilitar cuanto antes, para que no sigamos empantanándonos en la ineficiencia, es la capacidad de entendimiento negociado entre las distintas fuerzas nacionales, comenzando por las fuerzas políticas. Hay que tener siempre presente que para que un entendimiento entre contrarios pueda ser real y funcional es indispensable que dicho entendimiento pueda ser manejado por cada uno de los participantes en el mismo como un resultado aceptable, que sea reconocido como tal por su propia gente. Esa fue la clave de la negociación de la paz, y por eso no despertó reacciones adversas en ninguna de las partes, a pesar de que salían de una guerra. Hoy las condiciones son distintas, pero los métodos tienen que responder a la misma lógica.

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