La urgencia de lograr acuerdos de país está siendo cada vez más enfatizada desde distintos ángulos

Las fuerzas nacionales, cualquiera que sea su naturaleza y afiliación, están en el deber de reaccionar sin más tardar a lo que la misma realidad les está reclamando. Es hora de poner al país como prioridad inequívoca, porque sólo desde ahí se hará posible recuperar la capacidad de rehabilitación de nuestras mejores energías en función del avance efectivo.
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La compleja situación nacional está a la vista, y los efectos consiguientes se viven a diario en los distintos sectores nacionales. No hay día de Dios en que no aparezca alguna señal que agrega alarma a la que ya se tiene, y ese constante estado de inquietud y aun de zozobra impide que el país asuma los retos naturales de la evolución democrática con la seguridad y la confianza debidas. Lo cierto es que los salvadoreños nos hemos venido empantanando de manera progresiva, y no es de extrañar entonces que situaciones perfectamente prevenibles y evitables como la del reciente impago abran un abanico de consecuencias que en ningún sentido tienen otra explicación que la insensatez y la irresponsabilidad.

A estas alturas, ya no hay ninguna excusa valedera para dejar que las cosas sigan como están. El reto inesquivable de este momento es la búsqueda urgente de tratamientos adecuados a los problemas que se enfrentan para enfilarse así hacia las soluciones que pueden ir destrabando y resolviendo los nudos que impiden el progreso real y el desarrollo necesario. Y desde luego todo cambio demanda una nueva actitud de las fuerzas nacionales, y muy en particular de las fuerzas políticas que están sobre el escenario de la realidad.

Una delegación de diputados que pertenecen a la Comisión de Cooperación Económica y Desarrollo del Parlamento alemán visitó nuestro país, para medir nuestras condiciones actuales en función de las distintas formas en que la nación alemana apoya a nuestro país. A juicio de los visitantes, el agravamiento de los problemas tiene estrecha relación con la falta de acuerdos para encarar la problemática de fondo. Esto en verdad se viene repitiendo una y otra vez, desde diversos espacios de percepción y de enfoque; y lo incomprensible es que hasta la fecha ningún llamado a la sensatez y a la interacción haya logrado cuajar en los hechos.

No sólo la situación política y la situación económica están ahora mismo en fase crecientemente crítica, sino también la situación social, que es la base de todo lo demás, y donde se gestan buena parte de los problemas. Nuestra población se siente huérfana de oportunidades para salir de veras adelante, y el azote de la criminalidad agrega trastornos desquiciantes en la vida cotidiana. En este momento hay, además, otros riesgos que de concretarse vendrían a detonar otras calamidades, como sería un retorno masivo de connacionales que actualmente se hallan residiendo y trabajando en Estados Unidos y están en la mira de la nueva política obsesivamente antiinmigrante de la nueva Administración estadounidense.

Las fuerzas nacionales, cualquiera que sea su naturaleza y afiliación, están en el deber de reaccionar sin más tardar a lo que la misma realidad les está reclamando. Es hora de poner al país como prioridad inequívoca, porque sólo desde ahí se hará posible recuperar la capacidad de rehabilitación de nuestras mejores energías en función del avance efectivo. La política desquiciada que venimos padeciendo desde hace tanto tiempo es el mal que urge erradicar de aquí en adelante, porque de lo contrario vamos rumbo al desastre.

Hay que machacar sin descanso sobre este imperativo que ya no admite demoras bajo ningún pretexto. No podemos permitir que la situación se desborde más aún de lo que ya está; y en esa línea el reclamo ciudadano es y debe ser el instrumento más elocuente.

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