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La vacunación, mitos, verdades y reflexiones

Lo que en El Salvador y en todo el mundo se generó hace un año alrededor de las mascarillas, equipos de cuidados intensivos y respiradores artificiales pasa hoy alrededor de las vacunas: la esfera de lo político inhibiendo el derecho ciudadano a saber, el secuestro de la información de parte del Estado y el uso propagandístico de las compras pese a que son con dinero de los contribuyentes.

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Sobre la vacunación, hay que celebrar y que lamentar algunos datos.

En primer lugar, hay que celebrar que el Estado salvadoreño aspire a la inmunización de toda la población. Esa es la brújula del proyecto salvadoreño de profilaxis ante el covid-19, al menos a tenor de las declaraciones de los funcionarios toda vez que no se ha tenido acceso al Plan Nacional de Vacunación luego de que, de modo incomprensible e incorrecto, el gobierno decretó reserva de tres años para ese documento.

Es la misma reserva bajo la cual el ministro de Salud ha sepultado el acceso ciudadano a los procesos de adquisición de las vacunas y al registro de las cabinas que se suponía serían destinadas a la vacunación.

Lo que en El Salvador y en todo el mundo se generó hace un año alrededor de las mascarillas, equipos de cuidados intensivos y respiradores artificiales pasa hoy alrededor de las vacunas: la esfera de lo político inhibiendo el derecho ciudadano a saber, el secuestro de la información de parte del Estado y el uso propagandístico de las compras pese a que son con dinero de los contribuyentes.

El Salvador ha sido un caso singular por la insólita aspiración del presidente de la República de que se lo considere ejemplar en el manejo de la crisis sanitaria; lo cierto es que la población comienza a cuestionar con más conciencia crítica las medias verdades en esta materia, con énfasis en la transformación de la que sería una fase del hospital El Salvador en el pomposamente bautizado como Centro Nacional de Vacunación, y el ingente gasto en transporte privado para llevar ahí a la población pese a todo el parque vehicular con el que el Estado ya cuenta.

Los cuestionamientos también tienen que ver con la idea que es en sí misma un despropósito: centralizar el manejo de la vacuna es sensato, debe ser administrada exclusivamente por el gobierno, pero concentrar su aplicación en una sola instalación es discutible, no tiene nada que ver con lo que se está haciendo en otros países. Es una idea tomada desde el punto de vista propagandístico nada más, amén de un modo de despilfarrar dinero, dos hábitos muy cultivados por el gobierno de GANA.

Sería más sensato corregir en el camino y desechar esta idea para descentralizar la inmunización, así como reinvertir lo que se dilapidará en transporte privado de pacientes en una campaña educativa que combata la desinformación y las noticias falsas acerca de las vacunas. Si bien a diferencia de otros países latinoamericanos, la población salvadoreña ha adoptado la tarea de vacunarse sin reticencias públicas, la colección de prejuicios e ignorancia al respecto es importante.

Antes de abordar las preguntas ineludibles, ¿qué pasará con los niños, en el futuro habrá que aplicar la vacuna a edad temprana?, o ¿el covid puede volverse una enfermedad endémica?, ¿una vez vacunada la mayoría de la población, es posible un monitoreo para saber si el covid está aumentando?, ¿se necesitarán inyecciones de refuerzos para la vacuna?, hay que evacuar las dudas básicas de la gente, azuzadas por las noticias falsas y el difundido mal hábito de informarse al respecto a través de las redes sociales.

Para el gobierno, aún es tiempo de enmendar, de no dilapidar más dinero, de descentralizar y de educar. Sólo se requiere conciencia del propio papel y un poco de humildad.

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