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La verdad

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Cristian Villalta

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Es como una mariposa, agobiada por un peso que rara vez deposita sobre flor alguna. A la vez hermosa e insoportable, al mismo tiempo cálida y desoladora, la verdad pesa más que ninguna otra cosa sobre la tierra. Pesa más que el amor, que la justicia, que la esperanza. Y a diferencia de ellas, no necesita de un corazón para crecer. La verdad es. No necesita más.

Por eso es incómoda, porque no pide permiso, porque cabe aunque no quepa. Por eso nos cuece los labios, las palmas y la cara.

A las puertas de una nueva década, la nación salvadoreña aún no se reconcilia con la verdad. Es que dice cosas muy feas sobre los cimientos de nuestra vida en sociedad. Es que no deja pies con cabeza en nuestra clase política. Es que una comprensión cabal de la verdad de El Salvador tendría unos efectos devastadores en el poder, en sus vasos comunicantes y en su ejercicio.

Esa verdad es que desde la reestructuración del modelo de tenencia de la tierra, hace 14 décadas, el Estado salvadoreño es solo un mayordomo del poder económico. Esa condición no solo lo puso de espaldas a las necesidades básicas del grueso de la población sino que lo ha enfrentado contra ella, incluso de modo criminal.

Esa sujeción del Estado y de sus tres poderes a la agenda de una minoría ha sido el tema de nuestra vida republicana, el trauma de nuestras pretensiones democráticas y obstáculo insalvable para el desarrollo nacional. Acabar con ese orden fortaleciendo al Estado con instituciones más robustas e inyectándole un ADN más solidario con la mayoría de los ciudadanos es la tarea que debe emprenderse en las siguientes 14 décadas de nuestra vida política.

¿Por qué entonces, cuando la tarea es así de titánica, las fuerzas en contienda en la última elección de este decenio le rehúyen? Por un lado, los líderes de esos partidos políticos no ignoran la verdad fundacional de nuestra patria; por otro, los candidatos que unos y otros llevaron a este ejercicio son personas interesadas en la crónica nacional, que entienden la relevancia del poder ejecutivo en la confección del futuro. O deberían serlo.

Ahí yace la decepción de estas elecciones. La infiltración del crimen organizado en nuestras instituciones es real; la desviación de los cuerpos de seguridad de su papel en una democracia así de joven es real; la destrucción del tejido social a causa de la pobreza es real, así como reales son sus efectos principales, la migración ilegal y la nutrición de la pandilla. El Salvador, pues, listo o no, necesita una revolución.

A esa revolución, al menos para empezar, le bastaría con una agenda de decidida inversión social, austeridad brutal en lo relativo a plazas por contrato, reducción del gasto militar y un plan para menguar la mora judicial.

Pero en cambio, haciendo tábula rasa de insultos y sarcasmos, lo que escuchamos en la campaña previa a la primera vuelta fueron mayormente vaguedades y nos quedó la convicción de que ninguno tiene idea del presupuesto del ejercicio fiscal 2020.

No hay razones para creer que alguna de estas fuerzas sea sino solo manifestación del mismo orden que hay que alterar; el único candidato que recurrió a un discurso con esas ínfulas no habla sino de cambiarle felpa al Estado y de una patética cacería de brujas ideológica.

Los tiempos de nuestra nación exigían más atrevimiento de todas estas fuerzas, al menos el suficiente para hablarnos con sinceridad y reconocer si están por fortalecer el Estado o por mandarlo a lavar la camioneta por la noche.

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