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La verdadera competencia política tendría que ser entre propuestas de acción y no entre señalamientos descalificadores

En medio de todas las formas de crisis que se viven en el país hay una que representa de seguro la falla crítica mayor, y es la falta de creatividad propositiva de cara a los grandes problemas nacionales, sus tratamientos y sus soluciones.
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El Salvador ha pasado de ser un país caracterizado por su liderazgo dinámico a ser un país que va a la zaga en prácticamente todos los órdenes. Este es un giro dramático que habría que analizar a fondo, no sólo para identificar las causas y las razones del mismo sino, sobre todo, para redefinir sobre bases reales lo que tendría que ser la reposición nacional en el puesto de avanzada que tuvimos en el pasado. Lo que hay que evitar, en primer término, es la repetitiva actitud de estar buscando culpas y culpables, para enfocarse en las correcciones objetivas que se necesitan en función de entrar en una nueva dinámica nacional, que nos ponga de veras y sosteniblemente en la ruta del futuro.

Esa nueva dinámica nacional a la que nos referimos debe tener, en primer lugar, un tinte inequívocamente comprometedor, en el mejor sentido del término. Es decir, tendría que constituir una especie de ebullición de propuestas interactuantes, por medio de las cuales se pueda ir activando el avance modernizador con la coherencia y el dinamismo que tanto se están requiriendo para que el país supere todos sus letargos. En el curso de esta ya prolongada posguerra, que está por cumplir su primer cuarto de siglo, lo que se viene imponiendo es lo contrario: la incoherencia y el desfase, con los efectos que son angustiosamente comprobables en el día a día, hasta llegar al punto en que estamos, en el que se dramatiza una drástica disyuntiva: seguir en las mismas hacia el desastre o asumir creativamente los desafíos principales en función de un país verdaderamente funcional.

En medio de todas las formas de crisis que se viven en el país hay una que representa de seguro la falla crítica mayor, y es la falta de creatividad propositiva de cara a los grandes problemas nacionales, sus tratamientos y sus soluciones. Y esto constituye un vacío atribuible prácticamente a todas las fuerzas nacionales, pues si bien desde uno y otro lado van surgiendo iniciativas referentes a situaciones muy específicas en temas como seguridad ciudadana, reactivación económica y mejoramiento de la productividad, entre otros, lo cierto es que desde ningún ángulo se definen diagnósticos suficientemente amplios y comprensivos que puedan conducir hacia agendas integrales e integradoras.

Según se perciben las cosas en la coyuntura presente, la dispersión de esfuerzos hace que todos estos vayan cayendo inevitablemente en una especie de saco roto. Abundan las críticas a la gestión gubernamental desde el lado opositor y desde el nivel oficial abundan las justificaciones autocomplacientes; pero no se ven por ninguna parte las propuestas estructuradas que permitan visualizar un cambio de perspectivas en plan verdaderamente renovador.

Como decimos en el título de este Editorial, lo que se esperaría es que la competencia política, que es permanente y que se agudiza cuando hay elecciones en perspectiva, constituya en los hechos no un mero juego de descalificaciones mutuas sino un contraste positivo de propuestas de acción. Hasta ahora, no se ha logrado que así sea, y el déficit resultante de ello lo comparten todas las fuerzas, lo cual mantiene al país en un desgaste continuo de consecuencias impredecibles.

Tags:

  • crisis
  • liderazgo
  • pasado
  • seguridad
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