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La vida en el octavo nivel

Desde el octavo nivel del Hospital de Niños Benjamín Bloom se puede observar la 25.ª avenida norte y parte de la capital
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Desde el octavo nivel del Hospital de Niños Benjamín Bloom se puede observar la 25.ª avenida norte y parte de la capital, es como si fueran mundos paralelos, por las mañanas la calle sucia, el ruido de los buses, la contaminación y las personas moviéndose de un lado a otro sumergida en los problemas de la vida cotidiana; mientras tanto desde lo alto, el tiempo transcurre más lento, los familiares de los niños con cáncer ven la muerte y la esperanza pasearse por los angostos corredores.

Existe en este otro mundo un espacio destacado para la convivencia y la solidaridad, los padres se apoyan unos a otros, los niños sin dimensionar la gravedad de su mal intercambian palabras de aliento para enfrentar la quimio, radio terapia o cualquier otro medicamento con terribles efectos secundarios, en esta realidad alternativa la adversidad hace relucir lo mejor de la condición humana.

Nunca dejan de ser valientes, se aferran a la vida pensando en que pronto saldrán victoriosos a disfrutar de días mejores; su inocencia es su mayor fortaleza, tienen una lección que enseñarnos: la fe nunca hay que perderla.

Los médicos, enfermeras y ordenanzas se convierten en una segunda familia empeñada en atender sus necesidades, sin darse cuenta los infantes han ido depositando día a día semillas de amor en la tierra fértil de sus corazones, ganándose su cariño y respeto.

A veces los del mundo de abajo suben a esta realidad, son jóvenes de colegios, universidades, miembros de iglesias, ONG, fundaciones y empresa privada, quienes llegan de visita, algunos disfrazados de personajes de ficción, llevan juguetes y comida, diversión y palabras de esperanza. Cuando bajan de nuevo a su realidad aquellas sonrisas sinceras les hacen sentir descargados de sus preocupaciones, más humanos y bendecidos; algo que solo se logra estando en contacto con los mejores maestros de vida.

¿Qué hace a los niños seguir adelante? ¿De dónde sacan su fuerza interior? Acaso son sus sueños más grandes que su enfermedad, o es su deseo inquebrantable por vivir el que los mantiene más vivos que los demás.

El cáncer es una enfermedad inmisericorde que se combate a largo plazo, pone a prueba el coraje de la persona que lo padece, es necesario tener un fuerte espíritu a prueba de desdichas; sin embargo, estos pequeños no conciben la opción de rendirse, debemos saber que en El Salvador no estamos escasos de héroes.

De los más de 6 millones de salvadoreños este día se están diagnosticando nuevos casos, inicia una nueva lucha por la vida, no es que la persona no tenga miedo, es solo que como lo señala el filósofo Friedrich Nietzche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre un cómo”, porque sin duda vivir es luchar.

Qué diferente fuera nuestra sociedad si dejáramos de lado la desesperación y la negatividad, si no viviéramos presos del odio y la neurosis colectiva, en un mundo caótico que cada vez se inclina más a perseguir desesperadamente las cuestiones materiales.

Si tan solo tuviéramos un ápice de bondad, solidaridad y esperanza como la que tienen los pequeños héroes sin cabello; si nuestra misión en la vida fuera servir al semejante qué país tan bello en el que viviéramos.

En la noche, desde lo alto del Hospital Bloom se puede observar la 25.ª avenida norte, abajo la calle vacía, sin buses, el aire se siente más limpio, las personas volvieron a sus casas, siempre con su mente ocupada por los problemas de la vida cotidiana; y desde el octavo nivel, la esperanza de los niños con cáncer le gana otra partida a la muerte, mientras el mundo indiferente continúa su marcha apresurada.

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