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La violencia continúa haciéndose sentir con gran impacto en el ambiente

Hay, para el caso, que recuperar la formación cívica, y no sólo en las escuelas sino en todas las esferas sociales, partiendo de la familia.
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En los tiempos más recientes, la llamada tregua entre las principales pandillas ha acaparado casi toda la atención mediática, por la naturaleza de este experimento que no ha logrado cuajar como se esperaba por las diversas ambigüedades y rechazos que le rodean. Sin embargo, el tema de la violencia va bastante más allá de la delincuencia pandilleril con todas las implicaciones y ramificaciones que ésta tiene. Estamos enfrentados a un fenómeno de violencia que afecta la vida nacional desde sus raíces, y eso se manifiesta de múltiples maneras, que van ganando en crueldad y destructividad, sin que se vean acciones que lo contrarresten.

En días recientes se han visto hechos criminales que verdaderamente paran el pelo, como se dice en lenguaje coloquial. Por ejemplo, el caso de las dos agresiones a mujeres por sus compañeros de vida que les rociaron gasolina y les prendieron fuego. Los niveles de intolerancia y de pérdida de todo sentimiento humano han venido creciendo, y eso indica que nuestra sociedad está en crisis de valores fundamentales, que ya no se inculcan ni en la familia, ni en la escuela, ni en la convivencia social. Este es deterioro creciente en el que se insertan las conductas más dañinas, con los efectos que estamos viendo y sufriendo en el día a día.

Tal estado de descomposición moral es, desde luego, totalmente incongruente con las condiciones de sociabilidad democrática sana que se hicieron posibles luego de la conclusión de la guerra interna por la vía del entendimiento razonado. Es claro que aquellas condiciones se dejaron estar, sin proveerles los fertilizantes y los tratamientos de cultivo necesarios. La paz estaba ahí, en disposición de construirse como una obra nacional progresiva; y al no darse esto, las fuerzas disociadoras y destructivas fueron tomando espacios, hasta el punto actual, en que el crimen organizado y la violencia pandilleril tienen el campo abierto.

Desde los ámbitos gubernamentales se anuncian programas y acciones destinados a combatir la delincuencia con todos los recursos de la ley. Ojalá que esta vez lo ofrecido funcione. Pero nunca será suficiente la lucha contra la delincuencia si no se despliega, en paralelo, un accionar efectivo contra la violencia en su diversidad de formas. Hay, para el caso, que recuperar la formación cívica, y no sólo en las escuelas sino en todas las esferas sociales, partiendo de la familia. La política también debe hacer la parte que le toca, porque hasta ahora su ejemplo de incivilidad es patente y deplorable. Valores como el respeto y la solidaridad tienen que ser rehabilitados.

Hay un contraste lacerante que es preciso destacar: en tanto que la criminalidad va buscando enlaces para desarrollar su tarea depredadora, como se ve en la sostenida alianza práctica entre el crimen organizado y las pandillas, las fuerzas institucionales y sociales que son las llamadas a preservar y potenciar la legalidad y la sanidad de la convivencia están siempre dispersas y tirando cada quien por su lado. Es indispensable, entonces, y hay que repetirlo sin descanso, que haya una especie de interacción constante y eficaz entre la institucionalidad y la sociedad para encarar esta problemática más allá de lo punitivo: en lo restaurativo y en lo moral.

Iniciativas van e iniciativas vienen. Pero en tanto no exista un proyecto integrado que pueda responder a lo que implican los complicadísimos desafíos de la violencia en toda su gama de expresiones, no habrá resultados que detengan la depredación en auge.

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