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La violencia globalizada es uno de los más peligrosos e insoslayables desafíos de nuestro tiempo

Enfrentemos y ataquemos, con voluntad indoblegable, todo lo que signifique violencia desde sus raíces más profundas, aquí y en todas partes.
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Lo que estamos viendo ahora en el mundo es un rebrote generalizado de fanatismos sin control, que van dejando su estela destructiva por doquier. Es como si se estuvieran manifestando los instintos más perversos en una hora de la humanidad en la que hasta no hace mucho todo parecía indicar que iba entrándose en una era de más civilización y por ende de mejor convivencia. Pero lo que estamos viendo y padeciendo indica que hay muchísimos trastornos no resueltos, y que hoy, con las aperturas que propicia el fenómeno globalizador, manifiestan sus efectos de manera expansiva y por ello más incontrolable. Para el caso los problemas candentes en países como Siria e Iraq van soltando ráfagas incendiarias sin descanso. El extremismo radical hace de las suyas de distintas maneras, y eso se proyecta hasta en situaciones que pudieran haber sido consideradas ajenas a toda contaminación de esa índole, como la campaña presidencial en marcha en Estados Unidos.

Los atentados masivos se vienen sucediendo sin que se pueda prever dónde y cómo será el siguiente. No hace mucho hubo un atentado masivo en Orlando, Florida; y en días recientes se produjo el catastrófico atentado en Niza, Francia. La tensión se expande por todas partes, y las medidas de seguridad, que se activan nerviosamente cuando un atentado semejante se produce, no parecen estar nunca a tiempo para hacer las prevenciones suficientes. En todo caso, lo que prevalece es una gran inseguridad expansiva, con todas las consecuencias que ello tiene para el sano desenvolvimiento de las actividades normales tanto en los ámbitos nacionales como en los planos internacionales.

Ante lo que ocurre, y en responsable anticipación de lo que podría seguir ocurriendo, lo que en este momento parece insoslayable es plantear la definición de una plataforma global de tratamiento de los problemas que más inciden en la negatividad actual. Los países más poderosos tendrían que buscar líneas de acuerdo básico para enfrentar de manera responsable y eficiente lo que está pasando en el mundo. Y es curioso cómo la misma receta de procedimiento que se tendría que aplicar a una situación como la que impera en nuestro país es la que tendría que operativizarse en dimensión global: el entendimiento de amplio espectro levantado sobre la base de la razón histórica.

La ola invasiva de la violencia pone de relieve que existe un reflujo venenoso al que todos estamos expuestos, dentro de las condiciones de cada región y de cada país. Como decíamos en otra oportunidad, la globalización mundializadora ya avanzó lo suficiente para darle paso a un nuevo humanismo, cuya falta está generando infinidad de distorsiones. Un mundo abierto es un escenario en el que todo puede pasar, y eso demanda que se activen los mecanismos también globales para prevenir las expansiones del mal y fomentar las irradiaciones del bien. Esto tiene que ir mucho más allá de la retórica a la que nos tiene acostumbrados la política en todos los niveles: se trata de hacer un trabajo que no sólo sea realmente convincente sino efectivamente verificable; de lo contrario, todo el fenómeno presente puede descarrilarse sin retorno.

Enfrentemos y ataquemos, con voluntad indoblegable, todo lo que signifique violencia desde sus raíces más profundas, aquí y en todas partes. Sólo la paz bien cimentada y bien alimentada es capaz de darle alientos a un mundo que se proponga superar todas sus distorsiones, heredadas y presentes.

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  • violencia
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  • civilizacion
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