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La violencia homicida no cesa, y es imperioso poner en marcha un plan de acción que conduzca a erradicarla

En ese plan de acción en el que venimos insistiendo de manera constante debe enfatizarse entre otros aspectos el del corte del financiamiento de las estructuras y de las actividades criminales, que se alimentan prioritariamente con los productos de la extorsión.

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El brote de la violencia homicida que empezó a hacerse sentir poco tiempo después de que concluyera el conflicto bélico se ha venido convirtiendo en un torrente de destrucción de vidas, que hasta la fecha nada ni nadie ha podido poner bajo control. A estas alturas, esa realidad tan devastadora ya se volvió endémica y los salvadoreños, atrapados por las circunstancias, estamos sintiendo y experimentando que ese macabro acontecer persistente forma parte de nuestra cotidianidad, porque en verdad eso es lo que ocurre, como se constata de manera alarmante al recorrer las noticias del día a día.

En cualquier momento del día o de la noche, y por todos los espacios y rumbos del escenario territorial, aparecen los trágicos y desgarradores testimonios de la pérdida de vidas, y aunque hay algunas iniciativas institucionales en marcha para contrarrestar el fenómeno, no se ve por ninguna parte el arranque de una estrategia que se dirija a atacar el fondo de toda esta complejísima problemática que ha tomado el protagonismo de nuestra realidad desde hace ya tanto tiempo y que es sin duda la retranca principal que impide la verdadera normalidad en el ambiente, socavando o al menos poniendo constantemente en alto riesgo todas las posibilidades concretas de desarrollo.

Si algo se hace inaplazable, porque las condiciones imperantes así lo demandan con apremio, es que haya un giro inequívocamente eficientador de todas las iniciativas y de todos los esfuerzos destinados al control de la violencia en sus diversas formas y expresiones. Y el componente básico debe ser una estrategia de gran impacto que vaya al fondo y a todos los trasfondos de la cuestión, de tal manera que las raíces y las ramificaciones de la violencia queden expuestas para aplicarles los tratamientos erradicadores y preventivos que sean necesarios.

El crimen organizado es el gestor principal de la gravísima situación en la que estamos inmersos. Según datos institucionales, más de medio de personas en el país forman parte de las estructuras criminales, como miembros directos o como personas de sus entornos inmediatos; y las pandillas son los grupos predominantes. La cifra pone en evidencia no sólo la gravedad de la situación sino también la complejidad del tratamiento que tendría que aplicársele a la misma para poder llegar a soluciones que efectivamente sean tales.

En ese plan de acción en el que venimos insistiendo de manera constante debe enfatizarse entre otros aspectos el del corte del financiamiento de las estructuras y de las actividades criminales, que se alimentan prioritariamente con los productos de la extorsión, lo cual explica el imparable crecimiento de la misma, que tantos efectos devastadores crea en la cotidianidad. Atacar la extorsión constituye, pues, una pieza clave en la estrategia anticriminal que hay que aplicar sin más demora y con todo el empeño requerido.

Lo que sí queda patente desde cualquier punto de vista es que si el fenómeno criminal no se trata como se debe el país seguirá en vías de la inviabilidad total, con todos los riesgos y todas las consecuencias que eso trae consigo.

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  • Editorial

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