La violencia sigue campante en el ambiente y ese es el mejor argumento para retomar la cuestión en forma integral y definitiva

Temas vitales como la persecución de la criminalidad hasta las últimas consecuencias legales y como los mecanismos eficaces de prevención del delito y de la delincuencia tienen que estar bien delimitados y articulados para que se comiencen a ver señales de que se avanza hacia la salida del túnel.
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Las más variadas formas de la violencia criminal continúan haciéndose sentir de manera avasallante en todos los espacios de nuestra realidad; y aunque hay un constante juego de cifras principalmente en lo que se refiere al punto específico de los homicidios, no es posible evadir el meollo de la situación: la persistencia de la actividad delincuencial como un factor que se ha instalado en el día a día de la vida nacional, sin que se vean signos verdaderamente comprobables y convincentes de que se va en camino de retomar el control, tanto en los territorios como en el flujo de las acciones violatorias de la ley. Y algo que debe despertar alarmas de especial gravedad es el hecho de que esta situación vaya consolidándose cada vez más en todos los terrenos, haciendo que lo anormal parezca normal y que lo absurdo se vaya presentando como natural, con las consecuencias profundamente destructivas que eso acarrea.

Es evidente que la criminalidad, que ha sentado y continúa sentando bases firmes ahí donde le conviene, no retrocederá si no se ve forzada a hacerlo por la debida fuerza legalmente activada. Eso significa que la clave de la reacción institucional eficiente está en un despliegue estratégico que sea al mismo tiempo integral y definitivo. Ponemos énfasis en estos tres términos –lo estratégico, lo integral y lo definitivo– porque si ellos no van realmente articulados en un plan de lucha que no deje nada por fuera, todo lo que se haga quedará expuesto a que las insuficiencias y los cabos sueltos arruinen o desactiven lo demás, como venimos viendo a lo largo de todos estos años con las iniciativas parciales que se han puesto en acción.

La violencia criminal sólo consigue ganar un terreno como el que tiene ocupado de modo tan sólido y expansivo en nuestro ambiente cuando las condiciones reales han ido contribuyendo a ello en la medida precisa. Y tener presentes las causas de un fenómeno como el que hoy enfrentamos es lo primero que hay que asegurar para poder en seguida trazar los planes consistentes con la dimensión y la complejidad de la problemática. Dichos planes tienen que partir de diagnósticos realmente completos, yendo al fondo de lo que hay que corregir y de lo que hay que rehabilitar. Temas vitales como la persecución de la criminalidad hasta las últimas consecuencias legales y como los mecanismos eficaces de prevención del delito y de la delincuencia tienen que estar bien delimitados y articulados para que se comiencen a ver señales de que se avanza hacia la salida del túnel.

En estos precisos momentos hay pocas posibilidades de que se puedan emprender ejercicios de entendimiento político sustancial aun en puntos tan delicados y urgentes como este; pero sí se tendrían que estar preparando las condiciones analíticas para que eso se asuma una vez que el panorama electoral se despeje. Eso tardará aún un buen tiempo, pero hay que reconocer que cuestiones de este tipo son de gran complejidad, y que es mejor hacer de entrada las cosas como se requiere en vez de estar perdiendo tiempo en experimentos de corto alcance que en definitiva no llevan a nada trascendente.

Que se empiecen a sentar desde ya las bases del tratamiento integral y definitivo de toda esta complicadísima problemática, para que se puedan ir afinando condiciones en la dirección correcta, que es la que nadie debe sortear.
 

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