Las calificaciones de riesgo en Centroamérica

Una institución financiera que tiene $100 millones y tiene la oportunidad de invertirlo en los bonos emitidos por el Gobierno de un país, debe conseguir un buen rendimiento por su inversión con una alta probabilidad de recuperar su dinero.
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Lo menos que puede hacer es investigar cómo está el país al que le va a confiar su capital.

Es común que una misión de la institución visite el país, converse con el Gobierno y con instituciones y expertos que mantienen un seguimiento de su evolución. En su auxilio siempre están las instituciones clasificadoras de riesgo que objetivamente dan seguimiento a los países y les asignan una calificación, la cual resume el estado de confianza que se le puede tener a cada país para invertir en sus bonos o en fábricas.

Por su lado, es del interés de los ciudadanos que su Gobierno maneje bien sus finanzas para que su crédito, que al final lo pagan los ciudadanos y sus hijos, sea lo más barato posible y para que la inversión extranjera traiga sus recursos para producir en el país.

Esa calificación es un indicador que sintetiza el estado económico, social y político, y termina transformándose en el mercado financiero mundial en el riesgo soberano de un país, que se expresa como un exceso de puntos porcentuales de rendimiento que debe pagar ese país por encima de lo que pagan los bonos del Tesoro de Estados Unidos. En 2008 la diferencia que pagaba El Salvador era solo 250 puntos, o sea 2.5 % más de rendimiento de lo que pagaba Estados Unidos.

¿Cómo se explica que El Salvador pagara entonces tan poco en términos de riesgo país? Simplemente porque tenía una calificación Baa1, que lo acreditaba como poseedor de grado de inversión. En ese año, la Clasificadora de riesgo Moody’s le asignaba grado de inversión en América Latina solamente a El Salvador, a México y a Chile.

Ningún país centroamericano alcanzaba tal categoría, todos estaban abajo. En marzo de 2009 Costa Rica y Panamá se encontraban a un grado de El Salvador en Ba1; Guatemala a dos en Ba2; Honduras a cinco en B2; y Nicaragua a siete en Caa1. El perfil financiero de El Salvador era el mejor de Centro América.

Esto cambió dramáticamente para El Salvador en los siguientes ocho años. Veamos cómo evolucionó Centro América en esos años. De marzo de 2009 a junio de 2017 Costa Rica solo perdió un grado, bajó a Ba1; Panamá ganó dos hasta Baa2 y alcanzó grado de inversión; Guatemala ganó 1, subió a Ba1; Honduras no cambió; y Nicaragua ganó 2 y llegó a B2. El Salvador, por su parte, en este mismo período, perdió 7 grados, cayó hasta Caa1: riesgo substancial de incumplimiento, la misma calificación que había ocupado Nicaragua ocho años antes.

Me parece que no hay mejor evaluación de cómo ha evolucionado el país que el deterioro que expresa nuestra calificación de riesgo en los últimos ocho años. Ciertamente, el deterioro indica que el día que coloquemos bonos internacionales el costo que tendremos que pagar será muy elevado, pero es importante reconocer, a través de la caída de nuestra calificación, el deterioro absoluto y relativo en comparación con nuestros competidores cercanos.

Algo hay que hacer y pronto. Hay una agenda de desafíos por enfrentar: una reforma de pensiones que tiene un buen cálculo actuarial, un ajuste fiscal que ha propuesto el Fondo Monetario Internacional y deudas de mediano plazo. Sobre esa agenda los políticos deberían poder ponerse de acuerdo y los ciudadanos poder exigir que lo hagan.
 

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