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Las condiciones que imperan en nuestra zona están moviendo iniciativas para hacer giros reconductores

En nuestro caso nacional específico, recordemos que, por su propia configuración histórica, El Salvador es y ha sido siempre país de emigración, y, en contraste armonioso, Estados Unidos es y ha sido siempre país de inmigración.

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La Prensa Gráfica

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La crisis migratoria que actualmente mantiene envueltos en grandes tensiones y ansiedades a los países del Triángulo Norte centroamericano, a México y a Estados Unidos, ha puesto en evidencia cada vez más clara que no es posible seguir considerando dicho fenómeno como algo que se puede dejar estar sin que vengan mayores y más inmanejables consecuencias. Es en verdad una situación que tiene profundas raíces desde siempre, y cuya magnitud está determinada por factores que están presentes en cada uno de nuestros países, tanto en los de origen como en el de destino. Ya no debería haber ninguna duda sobre la naturaleza de esta realidad, sobre todo porque los efectos de no haberla tratado como corresponde en el curso del tiempo son cada vez más lacerantes y destructivos.

Como hemos señalado cada vez que se hace necesario referirse al tema, lo cual ocurre con creciente frecuencia, insistimos en el hecho de que esta problemática está íntimamente vinculada con circunstancias propias de los países en particular. No son, pues, hechos casuales, que se presentan de forma inesperada: hay en los subsuelos de cada uno de nuestros entes nacionales una red de factores que se hacen sentir y se hacen valer al respecto. En nuestro caso nacional específico, recordemos que, por su propia configuración histórica, El Salvador es y ha sido siempre país de emigración, y, en contraste armonioso, Estados Unidos es y ha sido siempre país de inmigración. No es de extrañar, entonces, que los imanes del desarrollo estadounidense estén atrayendo constantemente a nuestros connacionales que andan cada vez más en busca de un mejor futuro y al más corto tiempo.

La inseguridad reinante en nuestros ambientes ha contribuido a ponerle dramatismo al fenómeno, pero las causas más determinantes siguen estando donde han estado siempre: en el anhelo de una vida mejor. Es desde luego muy importante y a la larga muy determinante que las condiciones no sólo de supervivencia sino sobre todo de mejoramiento real entren en fase de oportunidades disponibles, accesibles y suficientes; pero eso, como decimos, será tarea de largo plazo. Hay que emprenderla ya, en el entendido de que no es ni podría ser una receta milagrosa.

En esa línea hay que recibir la iniciativa presentada por el nuevo Presidente de México, inmediatamente después de asumir el cargo, a fin de mover un plan de inversión conjunta de Estados Unidos, México y Canadá en Centroamérica, para con ello impulsar el desarrollo en nuestra área, de modo que la emigración no esté movida compulsivamente por la falta de oportunidades de trabajo. Y habría que agregar algo más para poner las cosas en su verdadero punto: que dichas oportunidades tengan capacidad de convertirse en motores de progreso personal, hasta donde den las aspiraciones y las apuestas de cada quien.

Es patente, por las diversas señales que van apareciendo en el panorama actual, que la crudeza de los problemas ya no puede dejar a nadie desentendido. Esto hay que irlo aprovechando de manera creativa y constructiva, para sentar las bases de una nueva forma de ver y de tratar el fenómeno real, en el que todos –grandes y pequeños, desarrollados y menos desarrollados– estamos inmersos como integrantes de un mundo cada vez más transversal.

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