Lo más visto

Las convulsiones provocadas por la violencia imperante se hacen sentir cada vez más

Lo que en el país se necesita con creciente urgencia es estructurar un plan completo que abarque todos los tratamientos indispensables para ir arribando a soluciones que no se queden en los parches de ocasión sino que vayan a la médula de toda esta complicadísima problemática, que desde hace tiempo está fuera de control.
Enlace copiado
Enlace copiado

En nuestro país estamos viviendo desde hace mucho una situación de inseguridad y de incertidumbre que nadie imaginó que llegaría a los niveles actuales. Venimos de sufrir los estragos de una guerra interna que provocó desgarramientos profundos en distintos ámbitos de nuestra realidad, y el venturoso desenlace pacífico de dicho conflicto bélico trajo la percepción de que podríamos entrar de inmediato en una etapa completamente nueva, en la que la violencia quedara atrás y se pudieran activar sin mayores obstáculos los mecanismos de una democracia que funcionara de inmediato como tal. Pero el error básico fue pretender que todo ese proceso nuevo se podía activar en forma mecánica, sin asumir la responsabilidad de sentar las bases de un auténtico cambio remodelador de nuestra realidad.

En el tema de la violencia, las primeras señales de que estaban manifestándose formas diferentes de la misma en el terreno se empezaron a dar inmediatamente después de la firma de la paz; pero los liderazgos nacionales, y en especial los políticos, actuaron como si eso no existiera, y hoy estamos padeciendo las progresivas consecuencias de tal dejadez. Y como siempre pasa cuando no se hace lo debido a tiempo y a fondo, ahora no sólo hay que enfrentar las consecuencias calamitosas sino también encargarse de las causas determinantes. Una tarea de alta complejidad que los liderazgos nacionales no parecen querer reconocer en toda su magnitud y urgencia.

Entretanto, estamos inmersos en algo que muchos catalogan como una nueva guerra, no política sino social, que se enmarca en el auge creciente del crimen organizado. Algunos hablan de guerra de baja intensidad y otros de guerra de alta intensidad, pero lo cierto es que la violencia sigue haciendo de las suyas, golpeando a la ciudadanía y afectando a la institucionalidad. En estos días, la relatora especial de la ONU ha hecho fuertes reclamos por el caso de las ejecuciones extrajudiciales, de las condiciones carcelarias y de ciertas opiniones políticas vinculadas al tema de la violencia. Pero es evidente que hay que ir mucho más a fondo, para asimilar la naturaleza y las consecuencias del fenómeno, que no puede ser entendido ni tratado de manera desagregada y circunstancial.

Como hemos venido reiterando cada vez que las circunstancias del fenómeno real lo hacen oportuno, lo que en el país se necesita con creciente urgencia es estructurar un plan completo que abarque todos los tratamientos indispensables para ir arribando a soluciones que no se queden en los parches de ocasión sino que vayan a la médula de toda esta complicadísima problemática, que desde hace tiempo está fuera de control.

Hay que atender las situaciones en el día a día, porque la seguridad y la tranquilidad de la población son las que están en juego; pero a la vez hay que enfocar lo que ocurre con voluntad de activar respuestas que vayan produciendo efectos correctivos y renovadores en forma convincente y sustentada.

Estamos ante un reto de dimensiones extraordinarias en todos los sentidos, y reconocerlo así es el primer paso hacia el redimensionamiento efectivo de esta cuestión crucial.

Lee también

Comentarios