Las cuentas claras

Antes usted escribía contra el FMLN, ahora contra ARENA, ¿a quién atacará mañana?, me dicen en un correo electrónico.
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El remitente es un joven estudiante y no encuentro en su cuestionamiento ninguna animosidad malsana, aunque sí un reclamo implícito por una supuesta incoherencia política o ideológica. Por eso, y porque otras personas igualmente respetables me siguen formulando preguntas semejantes, me siento obligado a reiterar y ampliar mi respuesta.<p>Durante los primeros 15 años que siguieron al Acuerdo de Paz en nuestro país, me dediqué de modo exclusivo al periodismo cultural. Por entonces solía afirmar que la política nada más me interesaba como tema de sobremesa en el café o el bar. Es decir, me seguía apasionando el debate intelectual de la izquierda, pero no sus implicaciones partidarias y mucho menos electorales. Ni siquiera votaba. La derecha me era indiferente porque creía, como Octavio Paz, que a esta los debates intelectuales solo le producen dolores de cabeza. </p><p>El asunto es que me formé desde muchacho en una izquierda no comunista y hasta con claros rasgos anticomunistas. Era la izquierda que rechazaba el componente dictatorial y caudillista de los regímenes instaurados en la URSS, China, Cuba y otros países asiáticos, africanos y europeos; era la izquierda que condenaba la intervención militar de Estados Unidos en Santo Domingo, pero también la entrada de los tanques soviéticos en Praga.</p><p>Para nosotros tan dictadores era Pinochet y Somoza como Kim Il Sum y Fidel Castro. Por un pragmatismo que antes no entendí pero que ahora considero justificado por las circunstancias, esa izquierda hizo alianza con los comunistas en contra de la derecha. Pero era una alianza coyuntural, política y militar, no ideológica. Precisamente por eso es que la guerrilla constituyó un frente y no un partido.</p><p>Pasada la guerra y desmontada aquella alianza, cada uno retomó sus principios y se inclinó hacia el socialismo autoritario (leninista), o el socialismo moderado (socialdemócrata). O hacia las propuestas que más se aproximan a una u otra concepción. En esas condiciones, a mediados de 2004, comencé a elaborar un reportaje sobre la vida y la obra de Roberto d’Aubuisson. Para ello leí mucho y entrevisté a sus familiares, correligionarios y adversarios. Esa larga investigación, publicada por entregas en LPG, me ayudó a entender al hombre y al partido que fundó.</p><p>ARENA venía en ese momento de la catastrófica derrota sufrida en las elecciones intermedias de 2003. Por ese fracaso las bases tricolores responsabilizaron a una cúpula constituida por varios de los hombres más ricos del país, el llamado “COENA oligarca”, y a la ortodoxia neoliberal del entonces presidente Francisco Flores, que había intentado privatizar lo poco que quedaba de los bienes y servicios públicos. Por mi parte, nada que ver con ese partido.</p><p>Entonces aparece Tony Saca como candidato presidencial arenero, sí, pero con una propuesta que rompe con la receta neoliberal privatizadora, y que por el contrario se funda en el compromiso subsidiario del Estado con los sectores más desprotegidos. </p><p>En lo sustantivo, esa propuesta tenía más afinidad con la socialdemocracia que con el llamado Consenso de Washington. Tanto es así que algunos columnistas de derecha han tipificado despectivamente la administración de Tony Saca como “el primer gobierno de izquierda en El Salvador”.</p><p>Como sé que la razón termina por imponerse siempre a los prejuicios, y que la comprensión de los procesos importa mucho más que los hechos aislados y que las actitudes y los motivos individuales, como bien lo ha señalado hace poco Joaquín Villalobos en una de sus columnas, confío en que la explicación de ese contexto, histórico y político, responda adecuadamente a inquietudes como las mencionadas al principio de este artículo. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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