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Las damas primero

«Las mujeres están destinadas a jugar con muñecas cuando pequeñas», «ellas prefieren cocinar, su lugar es la cocina».
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Este tipo de afirmaciones sigue siendo por desgracia una vulgata vigente y animada por los vientos fluctuantes del siglo XXI. ¿Cómo se podría defender unas declaraciones tan obsoletas? Yo diría que en efecto las mujeres solo piensan en rosado. Perdonen el inocente aturdimiento, es verdad que no piensan. Rectifico: las mujeres solo ven, sienten y perciben en rosado. Por eso les encanta el color rosado, y las muñecas, porque son mujeres. ¡Y el colmo es que lo son enteramente, de la punta de los pies hasta el último mechón de la cabeza! La femineidad es una enfermedad que no discrimina ninguna parte del ser. Bueno, ¿ser?, no lo sé, ellas no son verdaderamente, diría más bien que están o por lo menos que son semiseres. A ninguna persona de buen juicio se le ocurriría pensar que un mundo social tan bien construido como el nuestro pueda proveer las mujeres de un intelecto. Por ende, están, gracias a Dios, exentas de toda actividad intelectual que nos hace a nosotros, hombres, seres tan superiores y perfectos. ¿Qué lugar más adecuado entonces para ellas que la cocina? ¿Qué actividad mejor que la limpieza? Efectivamente, estas preguntas tienen que quedarse entre nosotros, señores, ya que sabemos mejor que ellas lo que prefieren.

Es lo que diría si tuviera que defender el machismo, sin exagerar demasiado. De hecho, defenderlo no requiere mucho trabajo. Al contrario, evocar de forma justa la condición social de la mujer es altamente complejo para un individuo de sexo masculino. Arrancarse de las miradas e ideologías machistas para entender y mejorar la existencia de la mujer dentro de la sociedad es teóricamente difícil. Vivimos en una sociedad misógina y por cierto, es uno de los aspectos que tenemos en común con la subcultura de las maras donde reina una violencia concreta. Nuestro caso atañe más bien a lo que Bourdieu llama una «violencia simbólica », es decir, que se trata de una coacción más sutil, más implícita en la medida en que es institucionalizada. Pero sigue siendo violencia. Basta con observar nuestro entorno cuya estructura es el frío resultado de un sistema social establecido a base de leyes y normas sociales. Y sus primeras e incontestables víctimas son las mujeres. La sociedad las ha despojado de su ser natural a favor de un ser social que vive mediante un juego pernicioso de apariencias: la mujer existe a través de la mirada y la coerción del hombre, figura social omnipotente. Asimismo, su dependencia social es tal que hablar de la mujer remite a hablar del hombre. En efecto, la esencia del problema tiene denominación: la dominación masculina. El cambio social para la mujer comienza entonces con y por el hombre. Y tenemos, individuos de sexo masculino, el poder suficiente de facto para engendrar el progreso.

Solventar el machismo estructural, omnipresente y demasiadas veces invisible, que nos determina, también será clave para el desarrollo del país. Por consiguiente, entendamos que esta concepción de la mujer, negativamente pensada y vivida, se inscribe dentro de una construcción social que no tiene otra legitimidad que la perpetua reactivación que nosotros, seres sociales, emprendemos cotidianamente. Cambiemos nuestra mirada para que pensar sobre la mujer no remita a pensar sobre la restricción, sobre la reducción hacia un interior espacial y corporal. Cambiemos nuestra actitud, y las mujeres podrán cambiar la suya positivamente. Seamos responsables entendiendo y modificando estos engranajes que perpetúan esta ceguera y esta desigualdad de géneros, retrógrada e ilegítima.

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  • mujeres
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