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Las diversas vulnerabilidades en que nuestro país está inmerso requieren tratamientos inmediatos, eficaces y bien administrados

El Salvador ha tenido que convivir siempre con diversas vulnerabilidades, que se vienen multiplicando y complicando con el paso del tiempo, en la medida que no se ponen en práctica criterios, políticas y acciones que sean capaces de evitar situaciones de riesgo y poner en orden lo que se ha salido de control.
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Lo que vemos y padecemos en el día a día de la realidad nacional es no sólo preocupante y angustioso sino sobre todo muy demostrativo de que no se está haciendo lo que se debe, especialmente en lo que atañe a la conducción del país y a los procesos que derivan de ella. Hay en el ambiente ciudadano la generalizada percepción de que existe una crisis de eficiencia en el manejo de los asuntos públicos, lo cual desde luego se proyecta muy negativamente sobre todo lo que ocurre en el país. Y los ejemplos de ello son constantes y acumulativos, con los efectos adversos que se van dando en cadena.

El Salvador ha tenido que convivir siempre con diversas vulnerabilidades, que se vienen multiplicando y complicando con el paso del tiempo, en la medida que no se ponen en práctica criterios, políticas y acciones que sean capaces de evitar situaciones de riesgo y de poner en orden lo que se ha salido de control. Tenemos, para el caso, el punto crítico de la deuda que tiene el Estado con los fondos de pensiones. Ahí hay una muestra patente y lacerante de la inviabilidad a la que puede llegarse cuando no hay una política bien trazada y bien sustentada para garantizar que las obligaciones estatales se cumplan oportunamente. El gasto irresponsable está en la base de ello, y en tanto no haya una responsabilidad debidamente asumida, en este y en otros campos, las crisis continuarán presentándose. De poco servirá reformar el sistema de pensiones si se sigue en la práctica de vivir del crédito para tener libertad de despilfarro.

Otra cuestión en la que se está presentando una vulnerabilidad muy peligrosa es la que corresponde a la preparación orgánica de las elecciones que están por venir. De entrada, el presupuesto asignado para las mismas tuvo una reducción significativa; y los procesos preparatorios de los comicios están mostrando irregularidades muy preocupantes. Surgen muchos signos de desconfianza sobre el compromiso del Tribunal Supremo Electoral para que los eventos electorales sean plenamente sustentados y confiables. Aquí lo que se espera es que los funcionarios directamente responsables del proceso no se salgan por la tangente de las justificaciones agresivas sino que respondan a las inquietudes ciudadanas con la altura y la efectividad del caso.

Un área a la que hay que ponerle especial atención es la tocante a la elección que hace la Asamblea Legislativa de quienes llegarán a integrar entes tan trascendentales y cruciales para la vida nacional como la Corte de Cuentas de la República, que viene estando bajo sospecha ciudadana desde hace ya bastante tiempo. Hoy toca elegir de nuevo, y a lo que se debe apuntar es a hacer una selección certera y correcta en todos los sentidos. La principal vulnerabilidad en este caso proviene de la tendencia a hacer reparto de cargos conforme a intereses políticos con nombre y apellido. Eso hay que superarlo sin vacilaciones ni evasivas, y la mejor garantía al respecto es la transparencia, que es un reclamo ciudadano que tiene que hacerse valer a toda costa.

La lista de las vulnerabilidades es larga y demandante. Hay que tomar como un dato esperanzador el hecho de que muchos de los vicios y de los abusos del pasado estén saliendo a la luz en forma imparablemente progresiva. Hay que continuar en dicha línea para abrirle al país la ruta de oportunidades que el avance de los tiempos nos posibilita. Es hora de apostarle a las fortalezas, corrigiendo adecuadamente las deficiencias.
 

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