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Las elecciones necesitan certeza

Hace unos días, revisé en Consulta.tse.gob.sv si los datos de mi DUI estaban correctos en el padrón electoral y cuál era el lugar donde iba a votar en las próximas elecciones.

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Las elecciones necesitan certeza

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La primera sorpresa es que el centro de votación no está en la colonia en la que vivo –¿qué pasó con los avances en el voto residencial?– y que, segunda sorpresa, me tocaría votar a varios kilómetros de mi casa (según Waze, si no hay tráfico, está a 11 minutos en carro: nuevamente, ¿qué pasó con el voto residencial?)

Pero el Tribunal Supremo Electoral (TSE) me tenía reservadas otras sorpresas: ese centro de votación ubicado a varios kilómetros de mi casa es, en efecto, el centro de votación más cercano. Y no es el centro de votación que el TSE designó para mi hijo, que también vive en la misma casa que yo, sino que lo envía a otro que está el doble de lejos que mi “cercano” centro de votación.

Cuando tenga la oportunidad, le haré la pregunta a alguien del TSE de por qué no se buscó el parque o la casa comunal de la colonia para poner un centro de votación. A lo mejor no se lo pregunte directamente al presidente del organismo colegiado, después de ver cómo salió, con el machete desenvainado, a hacer la convocatoria de las elecciones, este martes pasado.

Eso me lleva al título de esta columna. ¿Cómo podemos darle certeza a las elecciones si el presidente del organismo rector se dedica a dar un discurso político en contra de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia?

Una cosa muy diferente es que un ciudadano cuestione alguna de las posturas de los magistrados de la Sala de lo Constitucional y otra muy distinta es que el presidente del TSE reniegue del mecanismo que se utilizará para emitir el sufragio porque, sencillamente, el partido con el que simpatiza (ignoro si milita en él, pero por su discurso, posturas, opiniones e incluso ataques contra “los medios de comunicación de derecha” pareciera ser que sí) considera que los magistrados de esa Sala “le hacen los mandados a ARENA” (como dicen funcionarios del Gobierno y diputados del Frente).

Un funcionario de una institución como el TSE tiene la misión de cumplir lo que la ley establece que debe hacer. Y si la ley cambia, pues debe acomodarse a ello. Por muy abogado que sea Julio Olivo, el presidente del TSE, no lo convierte en el oponente de la Sala de lo Constitucional o en una especie de interpretador de lo que debería ser bueno o no. Simplemente, es el hombre a cargo de articular el funcionamiento del organismo que dirige, planifica y ejecuta los comicios.

Sin embargo, las palabras de Olivo no son secundadas por lo que ellos mismos denominan “organismo colegiado”. Es decir, el discurso para prepararnos a las elecciones no surgió del consenso de los magistrados del TSE. Es de autoría del presidente del mismo, uno de los cinco magistrados.

A todo esto, vamos hacia unas elecciones en las que el padrón electoral está inflado, en las que el Ejecutivo no dio el dinero suficiente para hacer licitaciones como debían ser y donde no sabemos cómo se hará el conteo de votos fraccionados de manera eficiente.

Las capacitaciones para los miembros de los casi 50,000 miembros de las Juntas Receptoras de Votos (JRV) tampoco se están dando en el tiempo, y los magistrados todavía están buscando los fondos para pagarles mejor a estas personas para que estén durante todo el proceso (sobre todo porque se aprobó en la Asamblea Legislativa una multa que es varias veces más alta que la cantidad que recibirían por la maratónica jornada).

Nos estamos quedando sin tiempo para la cita electoral y ni siquiera se ha contratado a la empresa que imprimirá las papeletas.

Los magistrados del TSE sensatos (no el presidente) exhortan a los diputados a abstenerse de reformar el Código Electoral y meter más incertidumbre. Lo mismo creo que aplicaría para fallos de la Sala de lo Constitucional.

Un proceso electoral cuestionado solo beneficia a los partidos políticos con estructuras de militantes fieles y disciplinados. Mientras el ciudadano promedio se desencanta y prefiere dedicar su tiempo a otras actividades, los militantes cierran filas y se aguantan todo para enfrentar al adversario.

Lo menos que queremos es que los futuros alcaldes y diputados sean electos por grupos fanatizados que buscan restar votos legítimos del contendiente. Necesitamos civilidad y participación popular.

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