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Las falacias y los desmanes del populismo están cada vez más en evidencia

Si el llamado Socialismo del Siglo XXI hubiera estado en auge cuando la izquierda asumió la conducción política en El Salvador, de seguro la contaminación desafiante hubiera sido de alta intensidad; pero ocurrió lo contrario: ya en aquellos días la ola populista estaba mostrando su insostenibilidad...
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En el curso del proceso evolutivo latinoamericano vienen apareciendo distintas expresiones políticas radicales, orientadas al cambio de sistema, bajo argumentos de rescate de los derechos de las clases populares, y siempre envueltas en un radicalismo sin alternativas. En los tiempos en que el comunismo soviético estaba arrogantemente en pie y todo hacía sentir que sería una presencia de duración ilimitada, las fuerzas de ruptura que agitaban dichas banderas se hicieron sentir con intensidad en nuestra zona, y el primer baluarte instalado fue Cuba, allá en 1959. En nuestro caso nacional, la insurgencia revolucionaria que empezó a manifestarse a fines de los años 60 del pasado siglo lo hacía bajo el signo del socialismo extremo, y con diversos matices esa ha sido la tendencia de base hasta el momento.

En el entorno regional, la revolución sandinista que arribó al poder en 1979 no se instaló como una estructura al estilo cubano, aunque mantuvo sus lazos de origen. Fue hasta que Hugo Chávez llegó al poder por la vía electoral en Venezuela, de resultas del rechazo ciudadano a las dos fuerzas partidarias tradicionales que se habían turnado en el ejercicio del poder llegando a desarrollar complicidades perversas, que el populismo resurgió con fuerza, montado sobre la inmensa riqueza petrolera de aquel país. Ese populismo, que en verdad era el disfraz de la obsesión de liderazgo internacional que padecía Chávez, empezó a hacer de las suyas, erigiendo el estandarte de un ficticio Socialismo del Siglo XXI.

A estas alturas, y vistas las experiencias aberrantes en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, ya nadie puede tener dudas razonables sobre los desafueros incorregibles que están a la vista. Para nuestro país, en el que se ha dado la alternancia hacia la izquierda por la vía electoral, lo que ha venido ocurriendo en los entornos tiene una clara significación disuasiva y preventiva. Si el llamado Socialismo del Siglo XXI hubiera estado en auge cuando la izquierda asumió la conducción política en El Salvador, de seguro la contaminación desafiante hubiera sido de alta intensidad; pero ocurrió lo contrario: ya en aquellos días la ola populista estaba mostrando su insostenibilidad, y Cuba, el país emblemático del socialismo radical en el área, empezaba a girar de regreso.

En los momentos presentes, la izquierda salvadoreña, que aún está al frente de la estructura gubernamental, tiene inevitablemente que moverse hacia los espacios de una democratización sin reservas. Ese es uno de los mensajes que envió la ciudadanía en las elecciones del 4 de marzo.

Desde que dio inicio, allá en 1992, el período de posguerra, en el que todavía falta mucho por hacer, nuestro proceso nacional se ha mantenido firmemente en pie, porque ninguna tentación extremista ha tenido posibilidades de prosperar. La democracia sigue siendo nuestra única opción disponible, y hay que agradecerle a la suerte que así sea, haciendo que el régimen de libertades sea cada vez más estable, promisorio y seguro.

Todos tenemos que poner lo que nos corresponde para que el proceso sea en toda circunstancia la fuente de prosperidad que El Salvador merece.

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