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Las fechas claves de nuestra historia deben servir en todo momento como lecciones para el presente y señales para el futuro

Lo cierto es que ya no podemos seguir desentendiéndonos de nuestra experiencia vivida, ya que ahí se concentran sucesivamente los signos vitales de nuestra identidad.

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Como parte del aprendizaje que el devenir nacional nos va poniendo sobre el tapete de las acciones inesquivables, uno de los aspectos más significativos al respecto es el que se refiere a tomar conciencia clara y generalizada de los acontecimientos más relevantes que han venido produciéndose en el curso del tiempo, ya que cada uno de ellos constituye un hito revelador de lo que somos como país y de lo que nos espera hacia adelante. Entre estos aconteceres los de más cercana data tienen una significación muy especial, porque son los que se hallan más vinculados con el presente, el cual determina nuestro vivir actual. Lo cierto es que ya no podemos seguir desentendiéndonos de nuestra experiencia vivida, ya que ahí se concentran sucesivamente los signos vitales de nuestra identidad.

Este día 16 de enero se cumplen 28 años de la firma del Acuerdo de Paz que le puso fin al conflicto bélico interno que se mantuvo vivo en su expresión de lucha militar durante casi 12 años. Dicho acontecimiento pacificador, que fue inesperado en muchos sentidos porque prácticamente todo lo que se percibía en los hechos hacía creer que la única forma de solución real era el desenlace por la vía de las armas, vino a poner en dramática evidencia que los fenómenos sociopolíticos, cualesquiera fueren las formas en que se manifiesten, van respondiendo a las realidades que están detrás de las respectivas circunstancias, por lo cual se vuelve imprescindible siempre tener en cuenta dichas realidades para hacer juicios, formular estrategias y definir tratamientos.

Lo sucedido aquella mañana del 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec de la Ciudad de México representó simbólica y formalmente la apertura de una nueva proyección histórica en nuestro país, abriendo una serie de perspectivas que nos ubicaban frente al horizonte que la globalización recién iniciada estaba despejando como oferta de futuro. Desde entonces a la fecha los salvadoreños hemos ido experimentando un dinamismo transformador que lo que ha hecho, en primer lugar, es clarificar al máximo los desafíos que tenemos pendientes.

Lo anterior significa que van quedando sistemáticamente atrás las presuntas comodidades de enfoque y de actuación que caracterizaban la falsa normalidad en la que los salvadoreños estuvimos inmersos por tanto tiempo; y eso significa que ya no hay cómo evadir el deber de estar al día tanto en las responsabilidades como en las oportunidades, so pena de exponerse a cada paso a las vicisitudes que acarrea la falta de sintonía con las exigencias de la época. Esto puede ser incómodo y hasta angustioso, pero asumirlo a cabalidad es favorecer una buena evolución.

En nuestro país hay que hacer que el calendario patriótico recobre vigencia y retome protagonismo, porque dejar que se mantenga en el anonimato en que viene cayendo es permitir que el espíritu nacional vaya perdiendo energías inspiradoras con los efectos devastadores que tanto daño les hacen tanto a El Salvador en su carácter de nación como a los salvadoreños en su conjunto.

La lección que surge del Acuerdo de Paz ante la opinión ciudadana y ante los ojos del mundo es expresión viva de la contemporaneidad más ejemplar y ejemplarizante. Así debemos recordarlo y reanimarlo con toda justicia y orgullo legítimo. Y en esta nueva era de creatividad globalizada eso se hace aún más oportuno y constructivo, porque en todas las latitudes se están necesitando muestras inequívocas de que todos nos comprometemos con el progreso moral y material.

Que no se nos olvide nunca más que la salud de la Patria y la salvaguarda de su destino dependen de lo que sintamos, de lo que proyectemos y de lo que hagamos cuantos pertenecemos y nos debemos a ella.

Tags:

  • Acuerdo de Paz
  • proyección histórica
  • realidades

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