Las fuerzas mayoritarias deben entrar ya en un esfuerzo serio de apertura de espacios para el entendimiento básico

Las fuerzas políticas así como sus representantes en los diversos cargos de gestión pública están directamente obligados a comportarse conforme lo exigen los intereses de la nación. Eso es hacer política de veras.
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Aunque aún no está definida de manera firme la composición de la legislatura que entrará en funciones el próximo 1 de mayo, en razón de que la Sala de lo Constitucional decidió en el último minuto, como es su costumbre, ordenar una revisión del conteo de votos en San Salvador, los números gruesos no podrían cambiar, y estos indican que los dos partidos que con mucho son los más fuertes, ARENA y el FMLN, seguirán siéndolo de seguro por tiempo indefinido. Aunque el sistema electoral privilegia la participación legislativa de los partidos pequeños, en realidad la voluntad ciudadana se viene manifestando sistemáticamente por una forma de bipartidismo no excluyente, lo cual debería ser tomado en cuenta, en debida forma, por todos los que están en el juego.

Como esta vez se ve más dificultoso armar mayoría calificada sin el concurso de las dos fuerzas principales, lo que se está viendo en estos días en una prisa angustiosa en las filas oficiales por hacer uso de la composición actual de la Asamblea para tomar decisiones de fondo, especialmente vinculadas con el endeudamiento. Este tipo de prácticas han sido usuales desde siempre, y no se podía esperar que desaparecieran por su cuenta. Pero el fenómeno político va evolucionando, y lo que éste va dejando más visible cada vez es la necesidad de que se abran posibilidades concretas de entendimiento en temas básicos entre los dos partidos mayoritarios.

Por mucho que se quiera atar en este momento, la dinámica de la problemática nacional es tan galopante que de seguro dentro de poco habrá necesidad de decisiones de fondo que no podrán determinarse con las maniobras para construir mayorías simples. Por otra parte, hay que pensar en serio en la gobernabilidad, que no es cuestión de ajustes ocasionales, que como ya se sabe se basan en intereses casi siempre oscuros, sino tarea responsable de procesamiento de diferencias para establecer mecanismos permanentes de consenso y de interacción.

Dado que estamos a unos pocos días de que tome posesión la nueva legislatura, el primer tema por abordar tendría que ser la composición del grupo directivo de la Asamblea Legislativa entrante. Lo ideal sería que se lograra configurarlo por consenso, independientemente de cómo se distribuyen los cargos. Desde el primer momento debería asegurarse que dicha conducción no se presenta con ánimo excluyente o revanchista, para posibilitar de entrada que haya un trabajo fluido y verdaderamente normal. No hay que caer en el reduccionismo numérico de los votos, sino pasar al ejercicio franco de lo que todos y cada uno de los grupos representan, para honrar así debidamente la voluntad ciudadana. En definitiva, el norte de todos tendría que ser el bien común. Si eso se garantizara, el proceso nacional ganaría en consistencia y en credibilidad.

Tengamos presente que la problemática nacional está ahí, con creciente urgencia de ser tratada y resuelta en forma efectiva. Y no hay ninguna excusa válida para no asumir el desafío en la forma que las circunstancias demandan. Las fuerzas políticas así como sus representantes en los diversos cargos de gestión pública están directamente obligados a comportarse conforme lo exigen los intereses de la nación. Eso es hacer política de veras.

Estamos atentos a lo que ocurra en los próximos días, para calibrar lo que pueda esperarnos en los siguientes meses y años. Nadie tiene derecho a clavarse en lo coyuntural: hay que ver la realidad en todas sus perspectivas, para no seguir a salto de mata como hemos venido.

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