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Las guerras hacen ganar elecciones

Leía recientemente que las guerras, ya sean militares, parlamentarias o partidarias, han demostrado, en muchos casos, que hacen posible y pueden facilitar triunfos electorales y políticos. Sin las mencionadas guerras no hay calenturas y sin estas no se producen votos en magnitudes deseadas. Incluso, sistemas políticos se fabrican de inmediato un gran enemigo, a veces hasta imaginario, que les dé justificación y sostenibilidad. Partidos políticos también lo hacen.
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¿Pero qué sucede al estar los interlocutores en ese embrollo de acusaciones y contraacusaciones? Que tanto sistemas como partidos, modelos económicos e intereses gremiales, en su afán de prevalecer, se olvidan del bienestar de las personas a quienes dicen deberse. Se dedican, en cambio, a hacer enconadas defensas corporativas. Los ambientes se intoxican y cualquier sentido patriótico o cívico se pierde, en consecuencia.

En vez de eso, tanto sistemas como partidos y modelos económicos y gremios deberían disponer sus talleres intelectuales multidisciplinarios a producir pensamientos, textos y pre-textos, así como acciones novedosas, en orden a desarrollar estrategias, políticas, objetivos, metas y calendarios de corto, mediano y largo alcances, que favorezcan eficazmente a sus respectivos representados.

Estamos viendo en el mundo dispersión y desgaste de energías que ponen en riesgo las estabilidades y cohesiones de todo tipo. Y los respectivos habitantes, en países afectados por innumerables crisis, continúan sin empleos dignos, y las juventudes sin futuros promisorios, mientras los políticos se dedican a hacer guerras con el afán de ganar próximas elecciones en sus respectivos ámbitos.

Corrupciones y gastos dispendiosos de funcionarios públicos no constituyen, en un contexto de desorden, la principal preocupación de electores, porque, después del sentido patriótico, ellos están concentrados en conseguir empleos y llevarle alimento, educación, salud y recreación a su familia. Para eso fue que, en su andar evolutivo, la especie humana formó familia, mediante el matrimonio, para cuidar de la descendencia en un ambiente propicio. No hay que olvidar que el ser humano es, en promedio, el ser que más tarda en independizarse de sus progenitores. Peces casi de inmediato se vuelven independientes, aves en unos días, humanos en 20 y más años, y ahora, con las crisis, tienden a alargar este período por la falta de promesas de futuro que prevalece. Cierto que la tecnología y la regionalización, así como la globalización, han influido para desarticular las estructuras productivas locales y hasta regionales, pero alguna solución tiene que haber para pasar de un equilibrio a otro, en el cual aparezcan nuevos puestos de trabajo y, por lo tanto, nuevas promesas y esperanzas para esta juventud a la que los adultos le hemos cargado el peso de nuestras ineficacias y deudas.

Estamos sobrecargados de ideas viejas, tanto en lo jurídico como en lo económico, político y social, y en otros órdenes de la vida también. Partidos exhiben mismas caras y mismos argumentos desde hace varias décadas, no le presentan nuevas ideas al colectivo, solo cancioncitas pegajosas y eslóganes aburridos; y a sus adversarios, acusaciones venenosas, y a veces hasta sin fundamento. Y a la hora de las elecciones, para el “querido pueblo salvadoreño”: cachuchas, camisetas, llaveritos, bolígrafos, promesas vacías, etcétera.

Ha dicho Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, en una conferencia ante los indignados españoles: “No se pueden reemplazar malas ideas por ‘no-ideas’, sino por ideas mejores”. Abandonar viejas ideas, con las mismas personas, es un reto demasiado grande y augura un fracaso que pagarán nuestros hijos y nietos. Nuestros actuales políticos son hijos de la guerra fría. ¿Qué nos pueden ofrecer? ¿Viejos esquemas de pensamiento y acción? El mundo moderno impone, sin vacilaciones, un novedoso y enriquecedor enfoque existencial.

Tags:

  • sostenibilidad
  • intereses gremiales
  • sentido patriotico

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