Las instituciones públicas, para cumplir de veras como tales, deben responder a intereses de país y no a líneas puramente partidarias

La vida institucional viene estando determinada por los intereses de partido mucho más que por los intereses de nación, y esto es siempre muy proclive a producir distorsiones que acaban degenerando fácilmente en trastornos de alto riesgo.
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La ciudadanía ya no tiene reparos en reconocer que la vida institucional del país le produce bastante menos confianza de la necesaria para que se pueda hablar de un ambiente normal y por ende propicio para el progreso en todos los órdenes. Las distintas mediciones de opinión revelan esa percepción ciudadana, que sin duda es efecto inmediato de las condiciones adversas en que se mueve la actividad tanto pública como privada, desde hace ya bastante tiempo y cada vez con mayores signos de deterioro. Y desde luego no es casual que sea así porque basta hacer un somero recorrido por lo que pasa en el día a día para comprobar que la ciudadanía está victimizada de diversas maneras y por distintas vías mientras la autoridad establecida tiende con gran frecuencia a asumir demencia al respecto, como se dice en el lenguaje popular.

La vida institucional viene estando determinada por los intereses de partido mucho más que por los intereses de nación, y esto es siempre muy proclive a producir distorsiones que acaban degenerando fácilmente en trastornos de alto riesgo. Se ha establecido una práctica que cada día se vuelve más nociva para el adecuado desempeño de la vida institucional, y consiste en ventilar públicamente, de manera confrontativa, ideas o iniciativas para darles respuesta a distintos aspectos de la problemática nacional. En esa forma, todo acaba siendo cohetería disonante con efectos contraproducentes sobre lo que es el principal desafío del momento: la construcción de soluciones viables y valederas.

Durante 2016 y buena parte de 2017 se podría trabajar bastante holgadamente en los diversos temas nacionales pendientes porque no hay procesos electorales en el horizonte más inmediato; sin embargo, las fuerzas partidarias no dan aún señales ciertas de disponerse a aprovechar la coyuntura para desactivar tensiones y activar proyecciones. Es deplorable que sea así, porque en tanto el ambiente más se contamina de confrontación menos espacios saludables van quedando para que la democracia se desenvuelva con todas sus potencialidades en la ruta de la armonía básica. En general, hay que propiciar acuerdos, pero siempre dentro del marco de la ley. Jamás con delincuentes, bajo ninguna excusa. Y los partidos políticos, de la línea que fueren, deben dar el ejemplo.

Las fuerzas partidarias son las que más directamente inciden en el manejo de la institucionalidad pública, y por consiguiente es fundamental que asuman a plenitud tal responsabilidad, haciéndolo en conexión estrecha con el pensar y el sentir ciudadanos. El hecho de que la ciudadanía los vea con desconfianza, como se colige de las diversas encuestas de opinión que van apareciendo en el curso del tiempo, debe hacerlos reflexionar a fondo, para preservar la integridad y la viabilidad del sistema nacional. Un factor decisivo en esa línea sería que hubiera signos patentes y verificables de que el interés del país se pone por encima de los intereses de partido, en todas las áreas donde la política ejerce función representativa.

En temas concretos y muy del momento como el tratamiento de la inseguridad, la eventual reforma del régimen de pensiones y el destape de casos de presunta corrupción gubernamental, las posiciones partidarias están a prueba ante el país. Es un momento más que oportuno para demostrar que las instituciones y las fuerzas políticas responden a los reclamos de la evolución.

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