Las medidas que se tomen para controlar el accionar del crimen tienen que reunir tres características: idoneidad, integralidad y permanencia

Partir de esta consideración es indispensable para no continuar en un ejercicio de superficialidades que vienen arrinconando cada vez más a las diferentes fuerzas del orden.
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La fuerza de las circunstancias imperantes está moviendo voluntades hacia un tratamiento mucho más directo y efectivo de los desafíos que el crimen en sus distintas modalidades les pone a diario y en forma progresiva tanto a la institucionalidad como a la sociedad en su conjunto. Producto de esto es el surgimiento de las llamadas medidas extraordinarias y especiales de lucha contra los distintos factores flagelantes que la criminalidad organizada va poniendo en juego. El propósito criminal básico es, sin duda, sobreponerse en todo sentido al imperio de la legalidad, que ha sido frágil por tradición y que ahora lo es en forma mucho más vulnerable. Partir de esta consideración es indispensable para no continuar en un ejercicio de superficialidades que vienen arrinconando cada vez más a las diferentes fuerzas del orden.

A lo largo del tiempo que ha transcurrido desde que el auge criminal comenzó a tomar impulso una vez concluido el conflicto bélico, se han dado suficientes experiencias de inefectividad como para ya no repetir esquemas fallidos. Por ejemplo, propagandizar acciones como las llamadas “manos duras” no sólo acaba siendo una burla para la población sino que confunde más las cosas en el ambiente concreto. Otro caso muy desafortunado y contraproducente fue el de la llamada “tregua” entre las pandillas para reducir los homicidios; dicha “tregua” también se propagandizó como un esfuerzo de pacificación cuando no era más que una maniobra para ganar imagen política en el ámbito gubernamental y una táctica para consolidar posiciones por parte de las estructuras criminales. En definitiva, como ha quedado en clarísima evidencia de resultas de los falsos experimentos aludidos, querer irse por las ramas propagandísticas es la apuesta más dañina.

De lo que se trata es, como dice la expresión popular, de tomar el toro por los cuernos, y a partir de ahí someter al imperio de la ley a todas aquellas conductas que estén fuera de ella o que la transgredan directamente. Siempre hay voces que se alzan de manera crítica cuando se habla de imponer la legalidad a toda costa; pero de lo único que en verdad hay que cuidarse en tal empeño es de que la ley se aplique tal como ella misma indica, sin contemplaciones ni vacilaciones, a fin de que el imperio legal recupere el poder que ha venido perdiendo frente a los diversos embates del crimen, que no cesa de buscar formas para ganar y mantener terreno.

La idoneidad de las acciones que se decidan y de las medidas que se tomen es clave para avanzar en el empeño anticriminal. Sin idoneidad no hay efectividad posible. Y la idoneidad va vinculada en forma explícita con la integralidad de los enfoques y de los tratamientos. Sin integralidad todo acaba desmenuzándose en lo irrelevante. Y, desde luego, todo ello requiere voluntad y decisión de permanencia. Se trata de problemas que han ido escalonándose en el tiempo y que no se pueden desactivar sin seguir una ruta de regreso que esté bien planificada y bien conducida.

Las medidas excepcionales son eso justamente: acciones que contribuyan a superar en lo posible el daño de no haber hecho a tiempo lo que debió hacerse oportunamente. Pero ya no hay tiempo para seguir machacando sobre lo que no se hizo: hay que dedicarse a la construcción urgente de iniciativas que respondan de veras a lo que la situación exige. Y puestos en ese plano, todos tenemos que aportar lo que nos corresponde para que la inseguridad reinante no continúe deformando y anulando lo que el proceso nacional ha logrado en su desenvolvimiento evolutivo.

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