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Las nuevas voces para un mejor futuro

Nos llaman “el pulgarcito de América”, pero que no se confundan. Los salvadoreños somos valientes, hemos aguantado mucho y seguimos adelante, porque ante todo somos trabajadores, dedicados y, sobre todo, soñadores.
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Mantenemos la esperanza de que el día que amanece sea mejor que el anterior. Así, a través de los años y de las generaciones, esa esperanza y esa cultura trabajadora se han mantenido en el espíritu inquebrantable de un pueblo que no se rinde ante la adversidad.

Pero nos encontramos con un gran obstáculo, la pobreza. Parece que sin importar qué tanto tiremos de las cuerdas, el país no avanza al ritmo que debería. Este mal, casi tan antiguo como el ser humano, ha sido siempre una limitación. Sin embargo, algunos países han logrado reducir los efectos nocivos que produce, saliendo adelante y mejorando las condiciones de su gente; demostrando que es posible progresar y crecer.

Cada situación es diferente y la manera de abordarlo también. No obstante, quienes definen y deciden sobre esto son los representantes del pueblo, que parecen haber olvidado que se les ha prestado el poder que tienen. Ese poder de actuar en nombre de aquellos que me eligieron para tomar decisiones que sean beneficiosas para el pueblo salvadoreño y no mis propios intereses o los de mi partido. Los representantes del pueblo tienen en sus manos capacidades casi ilimitadas en tanto y en cuanto ejercen la política. La constitución y la integridad de las instituciones políticas limitan su accionar para mantenerlos en el marco de lo correcto y lo acordado; o eso me gustaría decir. La corrupción en todas las esferas de poder no solo agrava la pobreza, sino que también desincentiva la participación de la población y su interés por cambiar las cosas.

Como joven y como licenciado en ciencias políticas, considero que no existe una sola o una “mejor manera” de salir adelante, sino que debemos enfocarnos en aquellos que tienen el futuro por delante y que eventualmente deberán tomar las decisiones que influyen a los 6 millones de salvadoreños y salvadoreñas: los jóvenes.

Mejorar el sistema educativo, una mayor igualdad de oportunidades, más meritocracia y menos designación, transparencia absoluta y más espacios participativos es lo que deberíamos pedir, pero si pedimos demasiado puede que al final no tengamos nada. Conseguiremos más si vamos de a poco, sin prisa, pero sin pausa. ¿Entonces, por dónde empezar? Por la educación, porque los ciudadanos educados, que son conscientes de sus derechos y de sus obligaciones, hacen las riquezas de un país.

Indispensable se vuelve la cooperación entre los salvadoreños y las salvadoreñas para definir y alcanzar un horizonte común. Siempre se dice que la unidad hace la fuerza, pero en un país que recién sale de una guerra civil, cuyos efectos aún laten y se sienten en la sociedad actual, resulta muy complicado plantear la idea de cooperar. Las divisiones partidarias en los ámbitos político-sociales, los múltiples intereses económicos y culturales, así como la violencia pandillera y fratricida que vive la sociedad, boicotean cualquier intento visionario o idealista de cambiar.

Sin embargo, no perdamos las esperanzas, el camino es claro y quienes deben ser pioneros son los jóvenes. Darles el espacio necesario para escucharlos. Tenemos buenas ideas, es cuestión de tener el apoyo para llevarlas a cabo.

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