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Las perspectivas de progreso no se activan solas: hay que mover suficientes voluntades para que los hechos respondan

Quienes tienen la obligación de dar el ejemplo de buena conducta son los que ejercen la conducción nacional en los más altos niveles, sin populismo ni arrogancia de ningún tipo.

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Da verdadera pena observar cómo en nuestro país ha habido un constante desperdicio de oportunidades, tanto durante lo que antes se conocía como normalidad tradicional y ya no se diga hoy, cuando aquella dizque normalidad le ha dado paso a esta necesidad aleatoria de construir una nueva normalidad, que aún está en veremos. Si bien crece el número de los que pierden la vida a consecuencia de los contagios imparables, lo que también está en auge en estos momentos es el derrame de los deterioros, que se dramatizan cada día sobre todo en los diversos ámbitos económicos. La pobreza aumenta exponencialmente, muchísimas empresas cierran y otras están al borde de la insostenibilidad, las condiciones de supervivencia en las comunidades se deterioran al máximo, y todo esto, unido a otras contingencias igualmente dañinas, nos está conduciendo a otra crisis igual o más abrumadora: la de las crecientes dificultades para salir adelante.

Si ya teníamos grandes problemas para avanzar consistentemente en la ruta del desarrollo, lo que quede una vez que pasemos a la etapa de pospandemia será sin duda una tarea de proporciones monumentales, porque las pérdidas acumuladas traerán obstáculos enormes y porque recuperar el ritmo del crecimiento requerirá esfuerzos heroicos, incalculables de antemano. Y para eso todos tendríamos que irnos preparando desde ya, en vez de seguir enfrascados en una conflictividad sin sentido ni futuro. Habría que hacer mucha conciencia en este punto en todos los campos y niveles de nuestra sociedad.

Llegará el momento de hacer el recuento real y completo de los daños, de los retrocesos y de los desajustes provocados por esta crisis en la que aún nos hallamos inmersos, y sólo entonces se podrá tener un retrato preciso y completo de lo ocurrido, para poder empezar a diseñar desde ese mismo momento una hoja de ruta de lo que debe ser la recuperación en su exacto sentido y en su eficaz despliegue en el tiempo. Es de la máxima importancia que se haga un diseño focalizado de las iniciativas por emprender para que la normalidad se pueda ir consolidando conforme a las nuevas fórmulas que la realidad determina en el terreno.

Lo que sí es absolutamente fundamental es que se produzca en la sociedad y en todas sus entidades, organizaciones y liderazgos un compromiso sin alternativas ni evasivas para que la nueva fase de la vida nacional se defina con la máxima claridad posible, de tal manera que los salvadoreños podamos hacer el tránsito histórico que viene de una manera consciente, realista, integrada y progresiva. Si no se hubiera producido una crisis con las características de la presente, de seguro nunca habríamos caído en cuenta de las renovaciones que hay que impulsar y consolidar a partir de este preciso momento.

El desafío al que ahora nos enfrentamos es, por consiguiente, de largo plazo tanto en lo político como en lo social y económico; y eso comprende los mejoramientos estructurales que es indispensable activar en lo referente a la salud y a la educación.

Hay que dejar definitivamente de lado todo lo que implica choque de opiniones y lucha de actitudes en todas las áreas del poder, porque el país lo que está necesitando son entendimientos que conduzcan a soluciones sustentadas.

Como hemos manifestado con tanta insistencia, sólo dentro del marco del respeto mutuo y del orden generalizado es factible avanzar. Debe ser erradicada la tentación de las constantes descalificaciones, porque eso lo único que logra es imposibilitar las salidas responsables. Y quienes tienen la obligación de dar el ejemplo de buena conducta son los que ejercen la conducción nacional en los más altos niveles, sin populismo ni arrogancia de ningún tipo.

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  • perspectivas
  • populismo
  • normalidad
  • conciencia
  • compromiso
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