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Las previsiones de crecimiento económico siguen siendo nebulosas, y todo indica que eso no se toma en serio en los niveles más altos de la conducción nacional

Medidas atropelladas como el aumento inconsulto del salario mínimo atentan contra la inversión establecida y ahuyentan la nueva inversión posible, y no sólo por los montos en sí sino sobre todo por la forma imprudente en que se toman las decisiones.
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En su Informe más reciente sobre Perspectivas Económicas Mundiales, el Banco Mundial (BM) hace una previsión desalentadora sobre lo que El Salvador podría crecer en 2017: apenas 1.9% del PIB. Esto contrasta con lo que han previsto las autoridades nacionales, que andaría en un 2.5%, lo cual ya es bastante bajo en comparación con los otros países del área centroamericana. En nuestro ámbito geográfico, El Salvador viene estando a la cola del crecimiento desde hace ya buen rato, y los números son reveladores de lo que ocurre en los hechos. Países de gran estabilidad como Panamá y Costa Rica van a la cabeza; pero también avanzan bastante bien Nicaragua, Honduras y Guatemala. Con estos dos últimos constituimos el llamado Triángulo Norte, en el que la incidencia del crimen y la violencia se comparte; y eso indica que las causas profundas de nuestro retraso tienen que ver con situaciones más estructurales.

Aunque las condiciones abiertas por el final del conflicto armado apuntaban a propiciar más progreso en estabilidad, lo cierto es que, como tantas veces se ha repetido, ni se aprovechó aquella coyuntura tan favorable ni se promovió la modernización estructural que era más que oportuna para liberar energías de desarrollo. Pronto entramos en una especie de letargo, que se ha visto acuerpado por la falta de dinamismos políticos que apunten hacia la sana y constructiva evolución del país. Y hoy, situaciones tan desactivantes como la crisis fiscal le están ganando la delantera a cualquier esfuerzo por salir adelante en la forma y en la dimensión que las circunstancias demandan.

La conflictividad política lo contamina todo, y la inseguridad reinante prácticamente en todos los planos de la realidad nacional es un factor de gravísimo desestímulo para las iniciativas de crecimiento. En tales condiciones, el clima de inversión no acaba de despejarse, y más bien crecen las amenazas que obstaculizan el avance. La sombra del populismo no deja de circular en el ambiente, con todas sus advertencias crispantes y atemorizantes. Estar hablando obsesivamente de nuevas cargas impositivas envenena la atmósfera. Medidas atropelladas como el aumento inconsulto del salario mínimo atentan contra la inversión establecida y ahuyentan la nueva inversión posible, y no sólo por los montos en sí sino sobre todo por la forma imprudente en que se toman las decisiones.

Todo lo anterior nos reafirma en la convicción de que lo primero que necesitamos en el país es certidumbre, tanto en lo que se refiere a las políticas públicas inmediatas y de largo alcance como en lo que corresponde a las estrategias productivas y competitivas que se vayan activando en el tiempo. Salgamos por fin de la perversa trampa de creer que los tiempos políticos están por encima de los tiempos reales. Si bien en la democracia hay alternancias naturales, lo que no hay ni puede haber son sustituciones radicales. Pasó la época en que la lucha política era por el cambio de sistemas: hoy de lo único que se trata es de modernizar y dinamizar el sistema, flexibilizándolo y humanizándolo conforme las realidades vayan haciéndolo posible.

Estimaciones como la del Banco Mundial tendrían que volverse palancas motivadoras hacia los reajustes impostergables y las nuevas políticas orientadas verdaderamente hacia el crecimiento en todos los órdenes. Hay que salir de los viejos esquemas para permitir que el presente funcione.

Tags:

  • inversion
  • salario minimo
  • crecimiento
  • crisis fiscal

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