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Las próximas competencias electorales están a la vista, y lo que hay que lograr es que eso no frustre los esfuerzos para hacer avanzar al país

Si los actores políticos continúan haciéndose los desentendidos frente a la responsabilidad que les corresponde en la buena marcha del proceso nacional, se corre el riesgo verdaderamente grave de que el sistema partidario se debilite hasta dejar la puerta abierta a cualquier tipo de oportunismo, como ha pasado en otros países de nuestro entorno.
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Lo natural en la democracia es que se produzca un constante juego de alternancias en el ejercicio del poder político, ya que lo sano es que las distintas fuerzas vayan educándose prácticamente en lo que representa ser gobierno y lo que significa ser oposición. La permanencia prolongada en la conducción principal del proceso acaba siendo un elemento distorsionador, porque el poder cuando se considera instalado por largo tiempo no promueve el ejercicio de las virtudes sino que más bien propicia el crecimiento de los vicios. Pero sin duda, en cualquier democracia en funciones, sea cual fuere la madurez de la misma, el elemento competitivo nunca deja de estar presente, y con gran facilidad dicho elemento se vuelve un factor absorbente sobre todo cuando hay decisiones electorales en perspectiva.

A estas alturas, resulta cada vez más notorio e inocultable el hecho de que los salvadoreños estamos abocados al desafío urgente de entrar de veras en dinámica de país. Esto implica contar con un proyecto nacional que no sólo abarque todas las cuestiones fundamentales que están sobre el tapete de la realidad sino que sea capaz de aglutinar voluntades y de generar aportes de diversa procedencia en función de viabilizar dicho proyecto. Aunque esta es responsabilidad de todos, es a los liderazgos políticos a quienes les corresponde en primer lugar darles vida a las iniciativas oportunas al respecto.

Así como están las cosas en nuestro ambiente sociopolítico, las organizaciones partidarias permanecen en ascuas frente a sus posibilidades de éxito en los próximos eventos electorales, y eso puede hacer que las ansiedades ganen más terreno en la medida que se vayan acercando las contiendas en las urnas. Habría que promover, entonces, desde los distintos ángulos ciudadanos, un ejercicio de diferenciación pragmática entre lo que son las competencias por votos y lo que son las responsabilidades de acción de cara a los problemas que ya no pueden esperar más por tratamientos eficaces y soluciones consistentes.

La ciudadanía acumula creciente conciencia sobre el imperativo de poner, en toda circunstancia y por encima de cualquier interés sectorial o grupal, el bien común como factor determinante del accionar público. Y como esto no ha ocurrido suficientemente ni siquiera en el curso de la democratización, las desconfianzas al respecto proliferan en el ambiente. Si los actores políticos continúan haciéndose los desentendidos frente a la responsabilidad que les corresponde en la buena marcha del proceso nacional, se corre el riesgo verdaderamente grave de que el sistema partidario se debilite hasta dejar la puerta abierta a cualquier tipo de oportunismo, como ha pasado en otros países de nuestro entorno.

Tanto la ciudadanía como las distintas fuerzas políticas tienen que ponerse las pilas al respecto, como se dice en el lenguaje coloquial. Que nadie se ancle en la competitividad electoral, sino que todos colaboren en la búsqueda de dinamismos renovadores, que aseguren que la nación avance al ritmo de los tiempos. Más allá de toda tentación inmediatista está la suerte de la sociedad en su conjunto, y dicha suerte sólo es sustentable si se pone la realidad en perspectiva.

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  • democracia
  • sistema partidario
  • oportunismo
  • alternancia
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