Las redes sociales y la política

Hace un par de semanas, se publicó en LPG una columna cuyo título me interesó: «Redes sociales ¿bendición o maldición?» Pero fue suficiente leer que su autor trabaja en una agencia de «marketing digital» para entender que la pregunta era falsa y mi interés decepcionado. ¿Una bendición? Quizás. ¿Una maldición? También.

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La invención numérica es sin duda el mayor acontecimiento de las últimas décadas. Ha cambiado radicalmente nuestras vidas. A tal punto que lo virtual se yuxtapone a lo real, si no lo remplaza en algunos casos. A muchos, las redes sociales les inventa una celebridad, una importancia, una personalidad, e incluso una vida. Pero, a pesar de las apariencias, si pueden inventar una existencia, siendo de facto inmaterial, no creo que pueda remplazar ni menos ser una verdadera existencia. De hecho, una construcción social mediante una pantalla no existe realmente. Es una ilusión. Pero se le prefiere a la realidad, porque es más fácil. Todo es más fácil detrás de una pantalla, o al menos, así parece.

La era numérica supone entonces una democratización de la celebridad; gracias a todas las redes sociales, un individuo cualquiera, sin ningún talento y por tanto sin ninguna legitimidad, puede llegar a ser conocido. Resulta una celebridad sin contenido ni esencia. Pero ¿a quién le sigue importando eso? Lo que importa es la forma, la cual tiene que responder a dos necesidades: velocidad y facilidad. Vamos hacia lo fácil de las redes sociales, rechazando la dificultad y asimismo la riqueza de lo complejo de la realidad. Si nos alejamos de la realidad, vamos entonces hacia lo irreal, lo inventado, lo falso. Las redes sociales permiten dar a ver lo que no es, lo que no existe. Más que una puerta abierta hacia la mentira, es una invitación a mentir. Es un juego de ilusión. Esto, en resumidas cuentas, implica un problema moral de cada individuo con sí mismo. Pero cuando se trata de personas públicas en el sentido de políticas, que buscan entonces representar a todo un pueblo, el problema es más grave.

La verdad es que no debería de haber transición posible entre las redes sociales y la política. Pero actualmente en nuestro país, un hombre encarna el puente: Nayib Bukele. Un puente débil, e incluso incompleto, ya que, a mi parecer, se queda más del lado de las redes sociales que de la política. Sin embargo, su etiqueta anuncia “hombre político”. Bukele, con su estilo de actor, no de Hollywood aunque es lo que él sueña, sino más bien de la tragicomedia que ofrece el escenario político salvadoreño, es al fin y al cabo un hombre de su tiempo. Un sujeto que busca las necesidades que inspiran las redes sociales: facilidad, velocidad, celebridad. Esta última siendo el resultado que deben obtener los dos otros factores.

Nayib Bukele es un comunicante. Todos sus movimientos son horizontales, no verticales; ningún anclaje, ninguna esencia. Una imagen de un joven político que sonríe y que pasa la mayor parte de su tiempo mostrándose dinámico en las redes sociales ha remplazado la elocuencia, el carisma, la acción, las ideas y los símbolos. Incluso añadiría que ha remplazado la política. O por lo menos ha introducido otra forma de hacer política. Una más fácil quizás, más pobre también.

La generalización de la facilidad ha penetrado la esfera política. Creemos que todo es fácil, como lo es con las redes sociales. Pero es una creencia falsa. Lo demuestra perfectamente la función misma de presidente de El Salvador que espera un hombre que haga Historia, no una “story”.

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