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Las tragedias naturales nos ponen a todos frente al espejo de lo que nos puede pasar por causas diversas en cualquier momento

Nuestras vulnerabilidades son múltiples y hay que tenerlas siempre presentes para que ninguna contingencia desastrosa nos halle desprevenidos. Para que eso pueda lograrse hay que aglutinar y orientar a la población a fin de que esté preparada en todo momento, y actuar institucionalmente en consecuencia.

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En estos días el mundo entero se ha consternado y conmovido por los sucesos catastróficos que trajeron los huracanes en el Caribe y el terremoto en México. Son experiencias espeluznantes, que dejan a la vista la vulnerabilidad humana frente a los fenómenos naturales, y más aún en esta época en que la Naturaleza, tan agredida por la irresponsabilidad de la cultura vigente y tan sacudida por los efectos depredadores del llamado “cambio climático”, nos está pasando implacables facturas por todas partes. Pero no es común que los desastres de tal magnitud se den con una sincronía tan sorprendente, y más en el caso del devastador terremoto ocurrido en la capital mexicana, que se produjo exactamente el mismo día en que 32 años antes se había dado otro terremoto de gran magnitud en el mismo lugar. Esto parece un juego macabro dirigido desde alguna dimensión tenebrosa.

Las dramáticas y patéticas experiencias vividas en las islas caribeñas y en Florida han sido imágenes multiplicadas sin fin por todos los medios actuales; y desde luego así ha ocurrido también con las depredaciones que trajo el sismo que hizo de las suyas en el centro de México. Las escenas en todos esos casos son escalofriantes, y más porque ahora las tenemos a la mano y a la vista con una puntualidad que en otros momentos hubiera sido inimaginable.

La otra parte del fenómeno está directamente vinculada con el aspecto humano y humanitario. En todas las situaciones aludidas, y con más elocuencia aún en el caso mexicano, de seguro porque el dramatismo de la destrucción se intensifica cuando ésta tiene como escenario un espacio tan profusamente poblado como es el Distrito Federal de México y sus entornos, lo que se ha puesto otra vez en evidencia es el despliegue inmediato de la solidaridad que no reconoce fronteras. Gobiernos y personas se están manifestando en múltiples formas de apoyo y compañía hacia todos aquellos que han recibido los impactos de la furia natural. Esto vuelve a reiterarnos que los grupos humanos y las personas en particular ejercen, sobre todo cuando se hace más necesario, una sensibilidad solidaria que nos da alientos para confiar en que el mundo puede ser mejor de lo que es.

Situaciones catastróficas como las que comentamos nos deben concienciar a los salvadoreños, que tenemos en especial tantas amenazas sísmicas bajo nuestros pies, sobre la necesidad imperiosa de estar siempre preparados para eventualidades como las que ya hemos padecido en el pasado lejano y también en el reciente. Hay que activar, en todas las formas posibles, una educación preventiva que pueda mantenernos al día sobre los peligros que nos acechan y sobre las formas más eficaces de encararlos.

Nuestras vulnerabilidades son múltiples y hay que tenerlas siempre presentes para que ninguna contingencia desastrosa nos halle desprevenidos. Para que eso pueda lograrse hay que aglutinar y orientar a la población a fin de que esté preparada en todo momento, y actuar institucionalmente en consecuencia.

La fructífera lección de la solidaridad también se debe tomar como un insumo de altísimo valor moral y social. Acontecimientos de esta naturaleza nos colocan frente a lo previsible y frente a lo imprevisible, y en ambos sentidos hay que tener estrategias a la mano.

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