Las tribulaciones de un chino en Florida

La visita del presidente de la República Popular China, Xi Jinping, al presidente de Estados Unidos (EUA), Donald Trump, esta semana, estuvo cargada de un abanico de conflictivos temas como las prácticas comerciales chinas, consideradas por Trump una violación a EUA (en el sentido sexual), la amenaza nuclear de Corea del Norte, las disputas territoriales en el Mar del Sur de China y la política estadounidense hacia Taiwán, que China considera una provincia secesionista en rebeldía.
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Como primicia, Trump informó al presidente chino de los 59 misiles de crucero que en esos momentos estallaban sobre la base aérea siria Shayrat, en represalia a un supuesto ataque químico sirio contra civiles y rebeldes en la provincia de Idlib.

Trump recibió al invitado en su mansión en Florida, Mar-a-Lago, donde en febrero pasado jugó al golf con el primer ministro japonés, Schinzo Abe, protagonista de la disputa marítima entre Japón y China.

Esta fue una primera tribulación, pues en China el deporte popular es el ping-pong y no el golf. Otra tribulación que venía cargando desde noviembre de 2016 es la atención de Donald Trump a la llamada telefónica de la presidenta de Taiwán, según afirmó, por no parecer grosero con una dama, desatando la furia de Pekín por afectar su política de “una sola China”.

En otras tribulaciones, Trump acusa a China de devaluar intencionalmente el yuang para desestabilizar la economía norteamericana; amenaza con imponer aranceles comerciales a los productos chinos y de blindar el proteccionismo estadounidense contra las transnacionales estadounidenses en suelo chino.

Un dolor de cabeza para el mandarín chino son los misiles nucleares norcoreanos, que la lógica primitiva de Trump adhiere, no sin razón, a un póquer atómico controlado desde Pekín, con el objetivo de usarlo como baza de negociación con Occidente.

China, primera potencia económica mundial desde 2014, es un Estado socialista, donde los medios de producción los administra la clase trabajadora y el poder político lo ejerce el Partido Comunista.

En realidad se trata de un “capitalismo de Estado”, en el clásico sentido fascista, controlado por el partido político en el poder, que permite reformas capitalistas sin temor a huelgas y levantamientos populares, prohibidos por la Constitución.

En teoría, los EUA imperialistas y la China socialista siguen ideológicamente enfrentados. Y el objetivo final estadounidense es aniquilar, detener o neutralizar la amenaza amarilla socialista de dominio mundial hacia 2050.

Estratégicamente, Trump parece decantarse por la política de distensión o “Détente”, respecto a China, antes que a un abierto enfrentamiento militar.

Como muestra, en febrero, Trump aceptó que EUA se adherirá a la política de “una sola China”, en una conversación telefónica con Xi Jinping.

Sin embargo, EUA es una potencia económica en descenso frente al imparable ascenso económico chino. Hoy por hoy, el superávit comercial chino con EUA es de 319 mil millones de dólares.

Más que una tribulación, el presidente chino al parecer vio a Trump como una bendición, pues en China Trump es considerado un díscolo.

Sobre todo si EUA decide romper relaciones comerciales, entonces China asumiría el liderazgo económico desde Eurasia hasta los últimos ladrillos del muro fronterizo en México que Trump planea construir.

Parece surrealista la amenaza china, pero si sus 1,400 millones de habitantes saltan, sonrientes, a un mismo tiempo, se hunde el mundo.
 

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