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Las turbulencias políticas no se hacen esperar y ojalá que no traumaticen el proceso

Y en el plano más institucional, hay que deplorar y poner en evidencia el hecho de que las máximas autoridades electorales lejos de dar cátedra de confiabilidad y de eficiencia aparecen contaminadas de conflictividad interesada.
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Cuando hay una situación tan compleja y enredada como la que se ha venido dando en el país sobre todo en los tiempos más recientes, las inquietudes y las ansiedades sobre lo que podría venir en el futuro inmediato se exacerban cada día más. Y eso ahora se vuelve aún más patente porque tenemos a la vista dos eventos electorales que sin duda están generando un estado de expectativa que desata reacciones de la más variada índole. Los partidos políticos están en ascuas, y muchas figuras políticas y de los liderazgos partidarios se muestran incapaces de procesar lo que sucede y de administrar las perspectivas que son posibles en las circunstancias presentes.

Como era inevitable, el que haya dos elecciones tan inmediatas y tan decisivas pone a prueba a todos los que de alguna manera están involucrados en ellas. Y donde más se advierte dicho fenómeno es en los dos partidos que desde el fin de la guerra están en competencia directa, que son ARENA y el FMLN, y en quienes recae la máxima responsabilidad de hacer las cosas bien a su respectivo favor y en beneficio del proceso y de la sociedad. Aunque en el pasado ha habido campañas adelantadas y maniobras para escoger a quienes se consideraba que eran los más aptos para ganar, en esta ocasión las cosas tienden más que nunca a salirse del control tradicional.

En el FMLN, para el caso, la situación creada por el choque desbordado entre el alcalde Bukele y la dirigencia partidaria es francamente insólita. Por todo lo que se viene viendo desde el inicio de su participación política, pero mucho más ahora cuando está al frente de la comuna capitalina y se hallan en la mira las postulaciones presidenciales, Bukele carece hasta del mínimo autocontrol, lo que por una parte le genera popularidad entre los insatisfechos por el estado actual de cosas y por otra lo conduce hacia una lucha indiscriminada por imponer su voluntad, lo cual políticamente siempre es un peligro. En este caso, ni el personaje aludido ni la dirigencia del que fue su partido de ocasión han dado muestras de sensatez mínima. Veremos lo que viene, y por el momento no hay nada seguro, salvo las fricciones del día a día.

En lo que se refiere a ARENA, lo que más se percibe es gran incertidumbre sobre las decisiones partidarias que se puedan tomar de cara a los comicios presidenciales del 2019. Esta es una coyuntura clave para dicho partido, que tiene muchas cartas competitivas a su favor, pero que tiene que jugarlas con mucha lucidez y visión para poder obtener las ventajas debidas. Este no es momento para disputas internas de ninguna índole, sino para hacer valer la coherencia histórica con la etapa del proceso que se vive. Hay que evitar las divisiones y las fisuras a toda costa, lo cual implica manejar las naturales diferencias con el tino apropiado. En todo caso, la incertidumbre es un factor de alto riesgo, que hay que superar lo más pronto posible.

Y en el plano más institucional, hay que deplorar y poner en evidencia el hecho de que las máximas autoridades electorales lejos de dar cátedra de confiabilidad y de eficiencia aparecen contaminadas de conflictividad interesada, lo cual es otro indicador alarmante del estado de cosas en el que vamos inmersos.

Es preciso tomar conciencia inmediata de todos estos riesgos en acción, para lograr, en cuanto sea posible, los correctivos convenientes. La suerte de esta coyuntura determinará en gran medida lo que pueda venir en los tiempos próximos.

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