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Las utopías y las ideologías tradicionales están en bancarrota, y lo que se precisa ahora mismo es replantearse los esquemas de un mundo mejor

La perspectiva de un mundo mejor hay que recultivarla siempre, porque de ella se desprenden las mejores y más fructíferas energías del cambio, entendido este término en su real dimensión proyectiva.
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Por experiencia puntualmente recogida a lo largo de los diversos y sucesivos procesos históricos que se dan en todos los planos de la realidad tanto nacional como internacional, ya no puede caber duda de que los seres humanos necesitamos combustible de ilusión y de confianza para poder seguir hacia adelante, cualesquiera fueren las circunstancias imperantes en cada momento. El anhelo de dar verdaderos saltos de calidad en el plano de lo realizable ha venido alimentando la utopía, que luego tiene que lidiar inevitablemente con los complicados factores de la puesta en práctica, que casi nunca permiten arribar en los hechos a la imagen soñada; y por eso es que las utopías, con independencia de su identidad y de su origen, siempre tienen que conformarse con ser bocetos inconclusos.

Pero hay que reconocer, como un dato que surge de la misma naturaleza de los comportamientos colectivos puestos en perspectiva, que el ser humano, por la propia configuración de su ser intelectual y emocional, no puede vivir sin plantearse el mejoramiento progresivo como fuerza motora de su desenvolvimiento natural. Así han nacido siempre las visiones de un mundo mejor en el que sea factible una vida mejor. Las construcciones utópicas surgen en esos terrenos anímicos y se alzan hacia arriba en busca de aire revelador. Y lo que pase con ellas depende de cuán adaptables a las respectivas realidades sean sus capacidades de sobrevivir ya como proyectos con destino propio.

Hace exactamente un siglo la utopía marxista tomó cuerpo de superpotencia en lo que fue la llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que luego de ser con Estados Unidos uno de los entes que resultaron triunfantes en la Segunda Guerra Mundial, entró a hacer el binomio que estaba en la cúpula de la bipolaridad mundial. Pero, aunque el poder soviético parecía la fuerza del futuro, ya un análisis más minucioso permitía advertir que el régimen comunista era contrario a su propia utopía de base, de seguro porque las fuentes ideológicas del marxismo, y ya no se diga del marxismo-leninismo, lo que en verdad potenciaban era el absolutismo del poder partidario, excluyente de toda racionalidad progresiva y, desde luego, de todo idealismo histórico.

Como un ejercicio de evidente originalidad de la evolución, la multipolaridad globalizadora ha venido a abrir fronteras con un impulso sin precedentes. Sin embargo, el ejercicio es conflictivo y contradictorio, y las fronteras donde resulta más difícil colarse son las fronteras mentales. No es de extrañar, entonces, que haya tantos desencuentros lacerantes, tantas reminiscencias obsesivas y tantos rechazos virulentos. Tenemos, todos, que entrenarnos en el cultivo de la realidad globalizada, que se manifiesta en los diversos niveles, desde el local hasta el mundial, porque hay que tener en cuenta y subrayar que la globalización es un dinamismo que va desde las aldeas hasta las superpotencias. Lo que ya no funciona es el enclaustramiento divisivo; y el poder es el primero que debe entenderlo.

En esas condiciones, ¿cuál es el ingrediente virtuoso para hacer verdaderamente vivible este mundo superpoblado de desafíos? Un idealismo que no choque con la realidad; es decir, un idealismo pragmatizado, para poder actuar como utopía con los pies en la tierra. Y al respecto habría que preguntarse de inmediato: ¿Será posible un idealismo de ese estilo que no se quede en aspiración o en proyecto? La respuesta es simple: Sí, siempre que los humanos de este momento nos lo propongamos con visión a la vez creativa y dispuesta a ponerse a prueba en la cotidianidad globalizada. Y aprendamos de la experiencia de la bipolaridad que colapsó desde adentro: nunca permitir que el anhelo utópico se vuelva sirviente del poder.

Las viejas ideologías hay que dejarlas en el armario histórico; y como siempre habrá ideologías actuantes, se requiere un replanteamiento de fondo tanto en la izquierda como en la derecha y en las posibles zonas intermedias. Y en todos esos ámbitos tendría que arraigar, al estilo de cada quien, la fecundidad idealista. La perspectiva de un mundo mejor hay que recultivarla siempre, porque de ella se desprenden las mejores y más fructíferas energías del cambio, entendido este término en su real dimensión proyectiva.

Hay que sentir anímicamente la utopía y vivirla como propuesta planificable. Y nunca permitir que la aspiración utópica entre en conflicto con la libertad y con el sano juicio.
 

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