Lección magistral

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<p>El maestro era conocido por su actitud heterodoxa frente a las cuestiones más sensibles, como son las que se refieren a los sentimientos y a las creencias. Aquel día, la condición atmosférica radiante parecía invitar a las provocaciones de la creatividad intelectual. Descorrió todas las cortinas del recinto donde se reunía con sus alumnos, que él prefería calificar como compañeros jóvenes en la aventura climática del pensamiento, y se dispuso a iniciar la tarea del día. Aspiró a fondo, sonrió en confianza, y les presentó la pregunta que llevaba preparada: “¿Qué haría cada uno de ustedes si Dios le diera este día la posibilidad de enviarle un mensaje a su propio destino?” Los presentes recibieron la pregunta en silencio expectante. Después, movidos por el gesto del maestro, empezaron a ensayar respuestas. Cuando todos dijeron lo suyo, el maestro les hizo la pregunta subsiguiente: “¿Les parecen mensajes suficientemente significativos para hacérselos saber a su propio destino?” Todos negaron con gestos ingenuos y sonrientes. “¡Ah —dijo el maestro—, esa es la lección de hoy: al destino no se le envían mensajes, se le ofrecen acciones”…</p><p></p><p></p><p></p>

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