Lecciones del “Progresismo”

El “Progresismo” al que nos referimos, es esa corriente política que barrió por un tiempo nuestra América Latina y que al parecer, a juzgar por recientes eventos, va en plena y veraz picada.
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Esta corriente política se caracteriza por su falta de estructura ideológica, carece de razonables postulados socioeconómicos; es más, hasta parece poco seria a juzgar por las acciones y discursos de sus postulantes.

El único fundamento de esta corriente política es la utilización de los recursos del Estado para comprar votos, teniendo por único objetivo el asegurar la permanencia en el poder de sus postulantes.

La bandera que enarbola es la distribución equitativa y justa de la riqueza de las naciones, la reducción de la pobreza, algo así como una nueva bienaventuranza, un nuevo dogma que exige una ciega confianza depositada por nosotros el pueblo en nuestros gobernantes progresistas ¿y los resultados?

Los postulantes (gobernantes) son los mayores participes en la distribución de riquezas; parte del pueblo es beneficiario temporal (los que dieron su voto a cambio de prebendas materiales) ¿los culpa? Claro que no, la desesperanza de su precaria situación en un momento dado los lleva a ser fácil presa del nuevo dogma. Este, mi estimado lector, es un punto clave, estos nuevos Robin Hood son producto de precisamente eso: la desesperanza. Pero ¿qué lleva a los pueblos a tan precaria, insegura e inestable situación? La irresponsabilidad de los “ismos”: el comunismo, el socialismo, el (salvaje) capitalismo, el consumismo, el materialismo, el fanatismo, entre muchos otros “ismos” siempre de moda; fidedignos reflejos de la mala praxis de los gobernantes y los grupos de interés que los apoyan, quienes ignoran, a través del tiempo, las necesidades de aquellos que al fin y al cabo les dan de comer: la clase trabajadora, entiéndase empresario, obrero y campesino.

Y es de allí, de esa desesperanzadora encrucijada, que emergen los Robin Hood contemporáneos, los distribuidores de la riqueza, con la no tan sutil diferencia que Robin, “that jolly good old chap”, no repartía exponencialmente: un peso para vos, un millón para mí; dos pesos para vos, tres millones para mí, etc., así como no hay evidencia de castillos o latifundios a su nombre o de su parentela ¿y los nuestros? ¡Jesús del huerto! Llegan y no se quieren ir, se enquistan como amebas tropicales y cuando se van, van más cargados que el burrito de Belén, dejándonos con dolorosas secuelas, envidia de cualquier virus que nos agobia, del chikun al zika.

Claro, nuestro querido pueblo hermano allá en Venezuela es testimonio viviente de los resultados y secuelas del “progresismo”: una economía totalmente destruida, un maltrecho tejido social producto de predicar odio y venganza, una descontrolada delincuencia… nadando en petróleo y muriéndose de sed (F. Cabral Q.D.D.G) ¿y el pueblo? Jodido ¿y los “Progresistas”? muy bien, gracias. “Les iba a regalar 500,000 casas y 100,000 taxis, pero como no me dieron el voto ya no se las voy a dar” dijo el presidente de Venezuela después de las recientes elecciones. Esto, mi estimado lector, es el “progresismo”.

En nuestro querido El Salvador hemos empezado a escuchar a políticos que se refieren a sí mismos como “progresistas”, hablan de gobiernos amigos “progresistas” y sus logros. (He tratado con toda la fuerza de la imaginación y no los puedo ver; he hablado con chamos y ches y no dan fe) ¡cuidado! Y no caigamos presa del “nuevo” dogma.

Aquí, en nuestro querido El Salvador, queremos resultados. Que vamos a “invertir” millones aquí, millones allá, no nos importa, muéstrennos las obras concluidas, los resultados. Queremos hechos y transparencia. Dios, Unión, Libertad.

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  • recursos
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