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Lecciones del chavismo y el trumpismo

La historia del hombre, desde que este tiene memoria, es testigo del desfile de caudillos. Esos oscuros y enredados personajes que emergen, como profetas de salvación, tras la cola de lo fallido.
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Se aprovechan de la desilusión de los pueblos con lo existente, provocada esta por la traición de sus líderes, esa violación de la lealtad a las aspiraciones de una nación, el cambio del interés nacional por el interés propio.

Todo caudillo embarca a su pueblo en el camino de la desesperanza a la esperanza, y de allí a la inevitable ruina, económica y moral. El camino del engaño, de las falsas promesas, de las exaltadas expectativas, del inevitable destino: esa oscura selva, sin saber cómo llegamos allí. El pregonar del caudillo: el pasado es el infierno, el presente es el purgatorio (aunque se siente lo mismo que el infierno), pero lo mejor, el paraíso, está por venir, el cambio ha llegado, pero el tiempo pasa y el calor del infierno empeora, la temperatura sube y sube. ¡Dantesco escenario el que sufren nuestros pueblos!

Inmersos en el infierno, paseando por los nueve círculos, sin Beatriz y sin Virgilio, sin fe y sin razón, viendo a los de tres cabezas pasar, con viandas y privilegios, mientras sufren las carencias del diario vivir. La desilusión de los pueblos con sus dirigentes provoca vacíos de poder que los aspirantes a dictadorzuelos rápidamente aprovechan.

Chávez y Trump son clásicos ejemplos y productos del descontento popular, del descontento de significativos segmentos de sus respectivos pueblos. Los paralelos son extraordinarios, simplistas soluciones para complejos problemas, todo está mal menos nosotros, si no estás de acuerdo sos mi enemigo; desafortunadamente Venezuela ya sufre los embates del brutal y bruto caudillismo, la gran nación del norte está por verse.

El chavismo y el trumpismo no son accidentes de la historia, al contrario, son producto de las condiciones en un momento dado, el cual desemboca en una amorfa ideología que demanda ciega lealtad, inquebrantable fe y firme compromiso; en una absurda mezcla de nacionalismo y militarismo; en la adulación del éxito al borde del Maquiavelismo; en la exaltación del papel del Estado por sobre el individuo y de su fuerza opresora; en un movimiento de furibundos fanáticos encendidos por el odio hacia otros, llámese judíos, oligarquías, establecimiento, inmigrantes... grupos sobran; en una forma de gobierno totalitario y autocrático controlado por el caudillo y su pequeño grupo de “Iluminatis” quienes creen comprender todos los aspectos de la existencia humana, y cuyo único propósito es controlar la política, la economía, el pensamiento y la relación social del colectivo.

¿Y nuestro querido El Salvador? ¡Cuidado, que estamos en peligro! La desilusión de nuestro pueblo con la clase política ya no es un simple desencanto, es rechazo, es repudio, es un marcado desdén, un menosprecio. Ser político en nuestro país es sinónimo de cargar en público, colgado en la espalda, el letrero de infidelidad, de la traición, señal del egoísta beneficio de una de las partes a costa de la otra... el corrupto. La confianza de nuestro pueblo en la clase política, sin importar la tendencia ideológica (si es que existe), es nula, ni siquiera entre los militantes normales, solo existe entre aquellos fanáticos que bordan en lo anormal, lo irracional, y claro entre los secuaces partidarios y los “beneficiados”.

Esta falta de confianza genera las condiciones idóneas para la emergencia del caudillo, del falso profeta; del energúmeno rodeado de sicofantes, aduladores (“yes-men” los llaman allá en el norte) y oportunistas.

¿Qué genera este repudio? El comportamiento de la clase política y la miserable Partidocracia.

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