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Legados políticos

Independientemente de quién lo vea, Fidel Castro dejó marcas por toda América Latina y en el resto del mundo.
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 Para unos son cosas positivas: la “revolución” y la lucha por los derechos de los más oprimidos en enfrentamiento contra “el imperio”, a pesar de décadas de bloqueo... Para otros son cosas negativas: la exportación de la guerra, el financiamiento de grupos alineados con la Unión Soviética y sus satélites.

Muchos quizá le lloran honestamente en una isla que poco a poco desmantela el férreo control estatal sobre cada aspecto de la vida, mientras que otros cubanos armaron un verdadero carnaval en Miami para celebrar la muerte del que los había empujado a la miseria y, desde ahí, a emigrar de manera forzosa y bajo riesgo de perder la vida.

Así que para nadie es indiferente la muerte de Fidel Castro, que en vida le heredó el Gobierno y el control del omnipresente y único Partido Comunista de Cuba a su hermano, Raúl. Hasta la irreverente y desmemoriada generación “millennial” se acordó de él y, ciertamente de manera sarcástica, a través de esa cada vez más común expresión cultural que es el meme: “Luchó toda su vida contra el capitalismo y muere en un Black Friday”.

¿Y qué hay de los políticos salvadoreños? ¿Trascenderán generaciones y se acordarán de ellos cuando mueran? ¿Pasarán a la historia por sus obras, por la profundidad de su pensamiento o por sus acciones, sean buenas o desastrosas? Entre ellos están los próceres, uno que otro presidente durante los primeros años de la República, el máximo exponente de la dictadura criolla (Maximiliano Hernández Martínez) y los tres hombres que fundaron nuestra actual clase política: Roberto d’Aubuisson, Napoleón Duarte y Schafik Hándal.

Realmente son muy pocos los que vienen a la memoria procedentes de décadas atrás, muchos de ellos gracias a las clases de Estudios Sociales, pero entre nuestros actuales políticos es muy difícil encontrar gente que pueda haber construido lo que se conoce como legado.

Entre nuestros presidentes recientes, dos han sido procesados (uno de ellos falleció), de otro hay sospecha de que cometió hechos ilícitos y de los dos primeros todavía no se escarba lo suficientemente hondo y no se analiza de la misma manera como se analiza a los actuales funcionarios como para decir que están limpios (hay que tomar en cuenta que por muchos años lo que se dio en llamar “partida secreta” era algo totalmente legal. Sí, reñido con la transparencia, pero no estrictamente prohibido por las leyes).

Y de otros que no han sido presidentes (aunque algunos de ellos tengan aspiraciones de serlo) tenemos a uno que, a punto de ser procesado por atentar contra la libertad de expresión, lanza mensajes de que dejará su carrera política y regresará a la vida privada. Otro más comparó a su familia con las dinastías Kennedy y Bush, mientras que otro llegó a una curul como el ejemplo de que con buena voluntad se vence cualquier adversidad, aunque esta venga desde el nacimiento, pero desilusionó a propios y extraños al mostrar que tenía los mismos vicios que décadas de mala política han sembrado. O aquel que se vendía como el hombre de centro, mesurado y ecuánime, pero que ahora enfrenta un juicio por enriquecimiento ilícito.

¿Tendrá la sociedad salvadoreña lo necesario para producir un estadista que pase a las páginas de la historia porque su legado es algo que trasciende épocas? Gabriel García Márquez, un amigo personal de Fidel Castro, escribió que las “estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”. ¿Tiene El Salvador sobre sus hombros esa maldición?

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