Libre y crítico, a mucha honra

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El pasado 1 de junio se cumplieron dos años desde la llegada de Nayib Bukele al poder. Una ceremonia extravagante en el Salón Azul de la Asamblea Legislativa fue el marco para escuchar el primer informe presidencial de nuestra historia que no sirvió para informar nada. Ya hemos tenido mandatarios contradictorios en el pasado, pero hasta ahora vemos a uno que, desplegando tal ostentación para entrar al congreso, sale de allí sin decir algo valioso.

Los predecibles aplausos, mecánicos y desganados, se esforzaron en interrumpir todo lo posible un discurso que se caía de aburrido. Aquella perorata pudo haberse resumido en pocas frases: "Soy lo mejor que le ha pasado a este país, olvídense de la democracia mientras yo esté a cargo y tengan cuidado los que no están de acuerdo conmigo porque ahora voy contra ustedes". ¿Ven? Eran innecesarias tantas palabras para decir lo que sabemos de memoria: nuestro presidente nació inmunizado contra el error, la comunidad internacional se equivoca entera y El Salvador es la cuna de la gran revolución global que hará correr ríos de leche y miel en cada rincón del planeta. ¿Cómo es posible que todavía haya gente, aquí y afuera, incapaz de celebrar tan irrebatible milagro?

Para dejar todavía más claro el compromiso del oficialismo con este horizonte de ensueño, el presidente Bukele optó otra vez por el juramento público y colectivo. Hizo levantar a sus 64 acólitos —y a un par de magistrados judiciales que luego tuvieron que sentarse, acordándose de guardar las apariencias— y les hizo repetir que no dejarían regresar a "los que nos hicieron sufrir y saquearon la patria". Curiosamente, al referirse en tantas ocasiones a estos personajes, lo hacía también vinculándolos con algo que dio en llamar "el aparato ideológico del Estado (sic)" o "los poderes fácticos", términos que desde luego ni siquiera hizo el esfuerzo de explicar.

Tal fraseología es por lo menos paradójica. Que alguien que jamás ha definido una postura ideológica arremeta contra las ideas ajenas es una suerte de malabarismo retórico. Es la ambigüedad atacando a la precisión: "Ámenme a mí por todo lo que no quiero decirles, pero ódienlos a ellos por decirles siempre lo que piensan".

En esto, por supuesto, como en casi todo lo que Nayib Bukele dice o hace, el problema de fondo no es que se atreva a decirlo y hacerlo, sino que demasiada gente lo encuentre aceptable y hasta admirable. Las ideas políticas más perjudiciales de la historia fueron llevadas a la práctica no solo porque un desequilibrado las concibiera, sino porque muchas personas las creyeron correctas y dignas de aplicarse. Bukele, en este sentido, es solo el síntoma de algo bastante más profundo y complejo.

El 1 de junio, en resumen, la amenaza de arremeter contra todo lo que huela a ese "aparato ideológico" —tan (a propósito) indefinido— es parte del denominado "quinto paso" que ya estaría dando el oficialismo. Y en ese huacal, a mucha honra, cabemos los inconformes y estorbosos, los "no alineados": la prensa independiente, los articulistas, los empresarios conscientes, los analistas críticos, los dirigentes sociales valientes, los líderes religiosos coherentes, los defensores de derechos humanos, los tuiteros que son la pesadilla de las redes troleras, los intelectuales honestos, los ciudadanos con sentido común, y quienes se vayan sumando en la medida que los disparates, irregularidades e injusticias se acumulen, hasta hacer rebalsar la paciencia del pueblo salvadoreño.

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